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Los dioses tirios

Entre los fenicios de la Edad del Hierro Ba‘al y Astarté, identificada desde entonces con la diosa Anat, hermana y consorte del primero, son los dos principios (masculino y femenino) de la vegetación y la fecundidad. Uno de los dioses más importantes y conocidos del reino de Tiro era Melkart (literalmente el “Rey de la ciudad”) que no es sino la advocación local del Ba‘al de Tiro. Se trata del dios protector de la ciudad de Tiro y como tal su culto habría sido instaurado en el siglo X a. C. por Hiram I como colofón de una reforma religiosa que pretendía, seguramente, acentuar la identidad e independencia de Tiro frente a Sidón. Era al mismo tiempo un dios ctónico, solar y marino, protector de las empresas comerciales, que terminó sincretizándose con el Heracles griego. La antigüedad del templo del Melkart de Tiro está avalada por un texto de Herodoto (II, 44) que, en el curso de sus viajes, visitó la ciudad y preguntó a sus sacerdotes al respecto. Estos le dijeron que la construcción del templo se remontaba a 2300 años atrás, cuando se fundó la ciudad, lo que nos lleva al 2750 a. C, fecha que ha sido en gran medida confirmada por las excavaciones arqueológicas, si bien diversas tradiciones recogidas por fuentes tardías sostienen que el templo más antiguo de Melkart se encontraba, no en la isla de Tiro, sino en tierra firme, en la, así llamada, “PaleoTiro”, la Ushu de los textos asirios.

Como muchos de los restantes dioses cananeo-fenicios, el Ba‘al de Tiro, bajo su advocación de “Rey de la Ciudad”, convertido ahora en una divinidad poliada, era también una divinidad que sufría la muerte, en este caso consumido por el fuego, para experimentar una posterior resurreción a la vida. La egérsis era el festival que conmemoraba y reproducía anulamente la muerte y resurreción de Melkart y ha sido relacionada también con algunas adonías, los festivales en conmemoración de la muerte y resurrección de Adón/Adonis, así como con una teología solar de origen cananeo y muy vinculada con la observación de los solsticios. Sus rituales anicónicos, aunque al dios se le representaba a veces con forma humana,  que se realizaban ante altares, sin ninguna otra representación de la divinidad, son bien conocidos en Fenicia así como en Occidente, donde el que se celebraba en el templo de Melkart en Gadir alcanzó una gran notoriedad.

En el panteón de Tiro, y allí donde este aparece representado por causa de la expansión marítima y la colonización, Melkart aparece siempre vinculado con Astarté. No obstante, a pesar de la importancia que adquiere su culto desde el reinado de Hiram I, Melkart no había ascendido aún a lo más alto del panteón tirio. A la cabeza de éste, como ocurría también en Sidón, se encontraba originariamente Ba‘al Shamen, y como tal es mencionado en primer lugar en el tratado concluido en torno al 675 a. C. entre el monarca asirio Asarhadón y el rey Baal de Tiro. Lo mismo puede deducirse del hecho, narrado por Flavio Josefo, de la importancia de su templo en Tiro. Así, cuando Hiram I ordenó demoler los antiguos templos para construir otros mejores solamente respetó uno, aquel dedicado a Ba‘al Shamen.

Ba‘al Shamen “Señor del Cielo” en lugares como Biblos o Tiro llegó a ocupar el puesto más alto del panteón, y sin embargo no sabemos si se trata de un aspecto más del dios de la tormenta o de una divinidad celeste específica, si bien algunos estudiosos reconocen en él a Elyon, antiguo jefe del panteón cananeo, al que distinguen de El, la máxima divinidad en Ugarit, y que en un cierto momento llegaría a usurpar las prerrogativas del dios Elyon. En los textos bíblicos, no obstante se menciona a una divinidad conocida como El Elyon al que el libro del Génesis se refiere como “el hacedor de cielos y Tierra”. Filón de Biblos cuenta que era denominado “el altísimo” entre los dioses de Fenicia, mientras que una inscripción aramea de mediados del siglo VIII a. C. alude a un tratado concluido en presencia de El y Elyon, lo que parece estar indicando que se trata de divinidades distintas.

    Ba‘al Shamen es mencionado es muchas inscripciones fenicias y también arameas. Filón de Biblos afirma que los primeros seres vivientes sobre la tierra, en tiempos de sequía, alzaban sus manos hacia el sol, al que consideraban como único dios, señor del cielo, llamándole Beelsamen, que es el mismo que el Zeus de los griegos; ya que en época helenística Zeus había terminado por sincretizarse con el sol. A menudo aparece en las inscripciones asociado a otros dioses celestes o al dios de la tormenta y fue venerado en toda Siria aún en época helenística y romana. En Palmira, donde se conserva su magnífico templo, era especialmente conocido como dios dadivoso y benévolo.

Astarté, a menudo identificada por los fenicios de la Edad del Hierro con Anat la hermana y consorte de Ba‘al, era la diosa cananeo-fenicia de la fecundidad y el amor, pero también de la justicia y el derecho, y ocupaba un lugar de privilegio en el panteón común. Su nombre, una forma femenina de un teónimo que designa una divinidad estelar, se documenta desde el tercer milenio a. C. en Ebla y Mari, por lo que la podemos considerar como una gran diosa semítico/occidental. Se la relacionaba muy estrechamente con la estrella de la mañana, el planeta Venus, y como otras grandes divinidades orientales recibía el epíteto de "Reina de los Cielos".

Se trata de una divinidad femenina, similar a la Isthar mesooptámica, que fue venerada en Sidón, donde compartía templo con Eshmún y los reyes se jactaban de ejercer su sumo sacerdocio, en Sarepta y Tiro, en donde llegó a convertirse en una divinidad dinástica al lado de Melkart, así como en Chipre, Ascalón, Eryx, Delos Cartago y en muchos otros lugares del Mediterráneo y el N. de Africa. En Biblos se la conocía como Ba‘alat (“Señora”) y aún en época romana se le rendía culto bajo la forma de Afrodita. Tampoco fue desconocida en Egipto, donde se la solía identificar con Isis y Hathor y en donde los propios fenicios habían construido un santuario de la diosa en Menfis, según nos cuenta Herodoto.

Originariamente poseía connotaciones guerreras como sugieren sus advocaciones como “Astarté del combate” y “Astarté de la destrucción”. También era protectora de los navegantes y a este título se la conocía como “Astarté del mar”. Conocida por los egipcios, que parecen haber traducido algunos de sus mitos, es frecuentemente mencionada en los rituales de Ugarit, donde a veces se la asocia a Anat, con la que comparte una belleza sin par y el amor por la guerra, y, sin embargo, ocupa un lugar secundario en sus textos mitológicos. Su iconografía era variada pero solía representársela como una diosa desnuda sentada sobre un león o un caballo.

Como diosa celeste, uno de los muchos aspectos de su variado y rico carácter polifacético, Astarté poseía la facultad de interpretar los astros por medio de la adivinación, lo que la relaciona muy estrechamente, igual que a Tanit en Cartago, con Dea Caelestis, la Venus Marina romana. Este arte adivinatoria parece haber utilizado en sus templos la cieromancia o sistema de suertes, un método muy difundido en las culturas arcaicas y que llegó a alcanzar mucho éxito en el mundo romano.

En su aspecto de diosa de la fertilidad, Astarté aparece vinculada con prácticas rituales como la prostitución sagrada, asociada a danzas frenéticas, que también tenían lugar en las celebraciones de los funerales de Adón, así como a prácticas adivinatorias y proféticas, tanto en el contexto cananeo como en el fenicio y púnico y más tardíamente bajo la forma romana de Juno Caelestis. En estos rituales de desempeñaban un papel primordial los klbm, hieródulos de la diosa, que, víctimas de un delirio religioso, entraban en estado de trance y revelaban las intenciones divinas.

Peor informados estamos respecto al culto oracular a la diosa en cuevas o grutas, generalmente en lugares costeros o próximos al mar, que llegó hasta el otro extremo del mundo, más allá de las Columnas de Melkart, muy cerca de Gadir, la vieja ciudad fenicia fundada por los tirios y en la que, por otra parte, los rituales de la prostitución sagrada perecen haber tenido alguna relación con las celebres puellae gaditanae, jóvenes bailarinas de reputada fama. Aquí, y en otros sitios similares, marinos y comerciantes requerirían el oráculo de la diosa antes de emprender viaje dejando una ofrenda a cambio -pequeñas ánforas, quema-perfumes, terracotas- que en muchos casos han sido rescatadas por los arqueólogos.

Así pues, la tríada divina en la ciudad de Tiro estaría formada en un principio por Ba‘al Shamen, Astarté y Melkart, que posteriormente habría de convertirse en la divinidad más importante de los tirios en gran parte debido a la fama que le proporcionó la dispersión de sus santuarios por el Mediterráneo. Aún en plena época romana el ritual y el culto que se desarrollaba en el santuario de Hércules (Melkart) en Gades y en el de Afrodita (Astarté) en Biblos era típicamente oriental y estaba lleno de elementos arcaizantes, mientras que la prostitución sagrada siguió practicándose en Sicca Veneria y en otros lugares del norte de Africa.

BIBLIOGRAFÍA

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WAGNER; C. G., La religión fenicia, Madrid, 2001 (Ediciones del Orto).


Los fenicios en Chipre y en el Egeo

Chipre, que había desempeñado durante buena parte de la Edad del Bronce, un papel de primer orden por su posiión geoestratégica y la importancia de sus minas de cobre, se convirtio, aún antes de comienzos del primer milenio, en el intermediario obligado entre Oriente, Creta y Occidente.. Los objetos de procedencia chipriota y oriental abundan en la isla de Minos durante la “Edad Oscura” que siguió a la desaparición de la sociedad micénica, prueba de que las relaciones entre las dos islas no habían quedado interrumpidas. Sidón, Arvad, y Tiro fueron las ciudades de la costa que reemplazaron, desde los inicios de la Edad del Hierro, el anterior protagonismo de los centros cananeos marítimos de la Edad del Bronce, como Biblos y Ugarit.

Kitión fue la ciudad más importante de la isla. Destruida durante la primera mitad del siglo XI a. C. fue reconstruida y ya a comienzos del siguiente siglo pasó a estar sometida a los reyes de Tiro. La arqueología detecta la presencia fenicia en la ciudad desde mediados del siglo IX a. C., pero sin duda la frecuentación debió ser bastante anterior. Los arqueólogos han descubierto diversos templos dedicados a Melkart y Astarté, diosa fenicia de la fecundidad y el amor, pero también de la justicia y el derecho que ocupaba un lugar de privilegio en el panteón común de los fenicios, protectora además de los navegantes. En la vecina Idalion se ha documentado la existencia de dos acrópolis con templos consagrados a Astarté y Anat, hermana y esposa de Baal, que era a la vez diosa del amor y del combate y considerada la mensajera de los dioses, y un palacio construido en la terraza occidental de la ciudad.



En Tamassos, próxima a las minas de cobre, se erigió un santuario consagrado a Baal-Hammón. En Amathonte, también cercana a las minas, se han encontrado restos de un acrópois de comienzos de la época arcaica con un santuario de Astarté y vestigios de un puerto interior. Pafos fue famosa ya en la Antigüedad por su santuario de Astarté/Afrofita. Una vieja leyenda recuerda a Kyniras, emperentado con la casa real de Biblos, fundador de una disnastía de reyes sacerdotes y padre de Adonis, nombre helenizado de una divinidad oriental a la que se veneraba en Biblos y otros lugares de Fenicia y cuyo culto fue asimilado por los griegos. Otra hace de Pigmalión, nombre helenizado de Pumay, divinidad chipriota, amante de la diosa Astarté/Afrodita. Otros lugares de la isla donde se asentaron los fenicios fueron Salamina, Lapitos y Larnaka.

La Qarthadasth chipriota.
El nombre de Qarthadast, famoso por la ciudad fundada por los fenicios de Tiro en el litoral tunecino, significa “ciudad nueva”, lo que comúnmente se ha interpretado por oposición o contraste con la metrópolis de Fenicia. Y existen, al menos, otras tres Qarthadast en el Mediterráneo antiguo. Son las Qarthadast de Chipre, de Cerdeña y de la Península Ibérica. Esta palabra semita fue traducida como Karchedón por los griegos y Carthago en lengua latina, si bien se discute la forma en que ambas derivaron del nombre fenicio original. El sentido del mismo no quedó, sin embargo, oculto como revelan los testimonios antiguos. Así, Servio (In Aen., I, 363) afirma que “Cartago es en lengua púnica nueva ciudad, como dice Livio”, y Solino (Coll. rer, mem., 27, 10): “Cartago significa en púnico ciudad nueva”. A este respecto, una relectura atenta del relato de Justino (XVIII, 4, ss) nos aporta el sentido de “refundación”, de ciudad renovada o restaurada, lo que significa una ciudad nueva al lado de otra de fundación más antigua.

La Qarthadast chipriota, conocida por las famosas dedicatorias al Baal del Líbano de las inscripciones fenicias sobre copas de bronce, fechadas en siglo VIII a. C., -cuyo hallazgo originario en Limassol ha sido más tarde discutido para proponer su procedencia de Phassoula, 10 km al norte de la anterior y donde se conoce la existencia de un santuario al Zeus Libranios-, así como por las inscripciones neoasirias de Asarhadon y Assurbanipal que mencionan los tributos de los reyes de Chipre, ha sido identificada con Kition y Amathonte, que no figuran en las listas asirias de tributos, y también con la misma Limassol.

Todo ello ha generado una muy amplia bibliografía que desgraciadamente no es posible reproducir aquí, siquiera sintéticamente, Pero, como muy acertadamente ha señalado, entre otros, E. Lipinski, la ausencia de un rey de Kition en las referidas inscripciones asirias se explica fácilmente ya que la ciudad estaba por aquel entonces sometida directamente al monarca de Tiro, según menciona Flavio Josefo que recoge un testimonio de Menandro de Efeso. Por lo demás, una inscripción fenicia de época clásica procedente del templo de Astarté en Kitión menciona a un tal Abdoubasti “el cartaginés”, señalando así de forma implícita su procedencia de Qarthadast, por lo que esta no puede en ningún modo ser Kition, cuyo nombre aparece también en la misma inscripción.

Descartada Kitión, quedan en liza Amathonte y Limassol, separadas apenas por diez km de distancia. Como ha señalado A. Hermary, los argumentos en favor de Limassol se basan exclusivamente en el nombre de “Neápolis” que recibe en el siglo IV d. C. Por el contrario Amathonte, renombrada por su santuario de Adonis y uno de cuyos reyes lleva el nombre de “Du-mu-ú-si”en las inscripciones asirias (es bien conocida la relación entre este antropónimo y Tammuz/Adonis) parece mucho mejor candidata, no solo por su carácter de ciudad floreciente, de la que destacaron los santuarios de Adonis y Afrodita, en contraste con el pequeño enclave de Limassol, sino también porque existen indicios de una refundación fenicia en la primera mitad del siglo VIII a. C. sobre un pequeño establecimiento eteochipriota más antiguo. En época arcaica la ciudad, que comprendía una acrópolis y una “ciudad baja”, estaba completamente rodeada de murallas y conoció un periodo de gran prosperidad y desarrollo durante los siglos VIII-VII a. C.. Las excavaciones arqueológicas, pacientemente desarrolladas a lo largo de muchos años, han sacado a la luz, por otra parte, importantes restos de grandes construcciones que alcanzan el periodo helenístico y romano, palacio, templos, muralla y puerto. Por consiguiente, parece responder mejor que la pequeña villa de Limassol a la sede de un gobernador, “servidor de Hirám, rey de los sidonios”, que en el siglo VIII a. C. hace una dedicatoria al Baal del Líbano.

Los fenicios en el Egeo.
No es posible ignorar el contenido de muchos mitos y leyendas griegas que hablan de una antigua presencia de los fenicios en Grecia y el Egeo. En la Antigüedad algunos historiadores, como Herodoto o Pausanias, atribuyeron a los fenicios la construcción de un santuario de Melkart en la isla de Tasos, en el Egeo septentrional, frente a las costas de Tracia, isla que fue colonizada por los fenicios que explotaron sus minas.

“Los de Tasos, que proceden de los fenicios que con Taso hijo de Agénor partieron de Tiro y de toda Fenicia en busca de Europa, ofrecieron en Olimpia un Hércules cuya base es, como la misma estatua, de bronce. La altura de la estatua es de diez codos, tiene la clava en la mano derecha y en la izquierda el arco. He oído que en Tasos veneraban al mismo Heracles que los tirios, pero que al unirse a los griegos rindieron también culto a Heracles hijo de Anfitrión”. Pausanias, V, 25, 12.

El mismo Herodoto recoge la leyenda de Cadmo, mítico rey de Tiro que anda­ba a la búsqueda de su hermana Eu­ropa que había sido raptada por Zeus y que con un grupo de fenicios se es­tableció en el territorio de Beocia don­de, al parecer, habían introducido el culto a Dionisos. En otra ocasión el mismo autor narra la fundación del más antiguo oráculo de Grecia, el de Zeus en Dodona, por una sacerdotisa egipcia del templo de Amón en Tebas, que fue raptada y conducida a la Hélade por unos fenicios. Otras leyendas, que en este caso recoge Ateneo, hablan del estableci­miento de los fenicios en la isla de Rodas en tiempos de la Guerra de Troya, don­de habrían sido llevados por su príncipe Falanto y luego expulsados por Iflico, jefe de los invasores dorios. En Creta, la ciudad de ltanos, es considerada tradicionalmente como una fundación fenicia y otras tradi­ciones recordadas por los griegos de época clásica evocaban la temprana colonización por los fenicios de Citera, Melos, Tera, Corinto y otros lugares de la Hélade.

En Creta, en el santuario de la llamada Gruta de Zeus en el monte Ida se ha descubierto un depósito de ofrendas fenicias, compuesto de escudos, copas de bronce, marfiles y piezas de fayensa, entre otros objetos, fechados en el siglo VIII a. C., que hace pensar en la existencia de un taller fenicio en la isla. Más antiguos son los hallazgos procedentes de Kommos, puerto meridional de la isla frecuentado por gentes de procedencia diversa, en el que se ha documentado una capilla con tres betilos dentro de un santuario datable a finales del siglo IX a. C. Tumbas de artesanos y orfebres se han encontrado en una necrópolis cerca de Knosos, y en también en la isla de Rodas donde al parecer funcionaba otro taller fenicio. En la isla de Eubea, en el sitio de Lefkandi aperecen, desde finales del siglo IX a. C., joyas de oro, objetos de fayenza, cuentas de piedras semipreciosas que sin duda han sido traidos, sino hechos, por los fenicios. Se han descubierto marfiles orientales en Samos, Esmirna, Eritras, Atenas, Rodas y la misma Creta que en su mayor parte se pueden fechar desde finales del siglo IX y mediados del VIII a. C. Algunos ejemplares revelan, como en Atenas, la presencia de un artesano extranjero establecido en la ciudad.

Los propios griegos de épocas posteriores estaban convencidos de que los fenicios habían residido entre ellos en tiempos muy antiguos en diversos lugares de Grecia. A una famosa estirpe de atenienses, los Gefireos, se les atribuía incluso un origen fenicio. También atribuían a esta presencia fenicia el conocimiento del alfabeto que, en efecto, deriba del fenicio, así como una serie de cultos, misterios y oráculos que pasaron a formar parte de su religión. También rcordaban como los fenicios habían fundado un santuario de Astarté/Afrodita en el que fue próspero emporio comercial de Citera y un templo de Melkart, al que ellos llamaban el Herácles tirio, en la localidad de Tespias.

Fenicios y eubeos.
Los hallazgos de objetos traídos por los fenicios en Atenas y la vecina isla de Eubea nos sitúan en el contexto en el que algunas poblaciones griegas emprendedoras retomaron la iniciativa de los viajes marítimos, con fines comerciales. Un poco antes del 800 a. C. los eubeos, animados seguramente por su experiencia de contactos previos con los fenicios, comenzaron a navegar hacia las costas de Siria, estableciéndose en pequeños grupos en sitios como Al Mina, junto a la desembocadura del Orontes y frecuentado por otros comerciantes orientales, o Tell Sukas, que al parecer ya había sido visitado por los micénicos, que también habían frecuentado otros lugares de aquella costa. Hacia el 775 a. C. los eubeos se establecieron en Pitecusa, a la que también acuden fenicios, en la isla de Isquia, frente a la costa occidental del sur de Italia. La búsqueda de metales, escasos en la propia Grecia, y de lujosas manufacturas para consumo de las aristocracias griegas del incipiente arcaísmo, parecen haber constituido el móvil más plausible de estas navegaciones. Esta misma presencia eubea ha sido detectada gracias a las investigaciones arqueológicas en la Cartago de los primeros tiempos y, en fechas aún más antiguas, en el recién descubierto emporio precolonial de Huelva, donde tambien comvivieron con sardos y fenicios.

BIBLIOGRAFÍA

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