Colonialismo y explotacion

Reflexiones sobre algunos argumentos de la Arqueología Postcolonial.

La presencia fenicia y griega en la Península Ibérica se ha venido caracterizando como fenómenos históricos de signo positivo, tanto para los colonizadores como para las poblaciones autóctonas peninsulares que entraron en contacto con ellos. Apenas se habla del conflicto o de violencia como factores cruciales de dicha presencia y se suele excluir o silenciar cualquier tipo de explotación económica. Pero ¿son estas las circunstancias en que transcurre un proceso colonialista?. Probablemente no. Tal vez por ello, últimamente se tiende a eliminar la colonización (y el colonialismo), como un rasgo propio de los colonos fenicios o griegos establecidos en ella, subrayando sobre todo el destacado papel que adquiriría la aculturación y la interacción entre los dos mundos en contacto.

La arqueología postcolonial, nacida como el resto de la arqueología postprocesual de la crítica del procesualismo con su deshumanización de las ciencias sociales así como del contexto filosófico postmoderno, parecía abocada a aportar interesantes soluciones, pero finalmente no ha sido así, no tanto por la necesaria crítica a las arqueologías procesuales cuanto por su excesiva dependencia del pensamiento postmoderno. Como se ha dicho, aunque el objetivo de la arqueología postcolonial es reconocer y caracterizar la diferencia, al llamar la atención sobre ella en la literatura occidental y pedir respeto para ella se la está incluyendo en la lógica hegemónica desde la que se actúa, preservando así una apariencia de diferencia ya que la auténtica y profunda queda absorvida y neutralizada al no poder ser descrita desde nuestro discurso (Hernando Gonzalo, 2005: 231). Y no deja de tener su aquel que se defiendan identidades esenciales (las de la difrencia) desde la postura anti-esencialista del postmodernismo. Por otro lado, al igual que Friedlander (2007) y otros, tampoco soy postmoderno.

De acuerdo con el esquema de las economias de bienes de prestigio (M. Krueger, 2008), los colonizadores distribuirían entre las elites locales, toda una serie de productos suntuarios, manufacturados casi exclusivamente en el contexto colonial, a fin de reforzar una muy necesaria colaboración entre ambos grupos.
Todo ello nos muestra un procedimiento típicamente colonialista en el que los colonizadores proporcionan a las mencionadas elites objetos de prestigio y de poder, como ocurre también con las elites atlánticas con las que compiten los nuevos mecanismos identitarios integrados ya en la esfera del poder colonial, pero sin que se realice nunca una trasferencia tecnológica que garantice en este ni en ningún otro ámbito la independencia de aquellas. ¿Negociación o sumisión? a cambio de participar de ciertas ventajas del impuesto sistema colonialista.

Ya que la explotación económica en unos sistemas colonialistas como fueron aquellos se efectua en gran parte por medio del llamado "intercambio desigual", resulta, cuanto menos chocante, la resistencia de los arqueólogos postcoloniales a admitir la desigualdad de los intercambios. Argumentan, en este sentido, que una política continuada de pactos y negociaciones constituyó la principal estrategia colonial por ambas partes y que el valor de uso de las manufacuras proporcionadas por los colonizadores entre los autóctonos no tenía porque equivaler a su valor de cambio, ya que gozaban de una alta estimación entre los ellos, lo que equivale en la práctica a no haber comprendido la mecánica del intercambio desigual.

En realidad, no se trata solo del valor de uso o del valor de cambio, y de como eran distintamente apreciados por unos y otros, sino del coste social de producción de lo que se intercambiaba, que es de donde proceden, de las diferencias en costes sociales de producción, los beneficios que obtienen los colonizadores mediante este intercambio. Por otra parte, y precisamente por ello, se produce una sobre-explotación del trabajo con el fin de satisfacer la demanda colonial, que se articula en la transferencia entre sectores económicos que funcionan sobre la base de relaciones de producción diferentes.

El entramado colonialista es por tanto mucho más amplio y complejo y va más allá que una política colonial de pactos y alianzas con las élites locales, con cuyo reforzamiento político consiguen los colonizadores que les sea reclutada la fuerza de trabajo necesaria y que, una vez movilizada, sea conducida por las propias elites hacia las actividades de interés para ellos. Al mismo tiempo es necesario preservar las condiciones locales de la reproducción de la fuerza de trabajo, que, sin embargo, resultarán, a la larga, modificadas, en buena medida, debido a la sobre-explotación a que es sometida.

Por otra parte, como ha sido muy bien observado (Moreno Arrastio, 2001:113), desde nuestra preocupación actual en los mecanismos que evitan los conflictos preferimos ignorar que en muchas ocasiones la existencia de pactos no es tanto un recurso que asegure la convivencia, cuanto una amplia precaución, una respuesta adaptativa del grupo que se sabe débil en el contexto del contacto colonial. Pensar que los autóctonos posiblemente no se sentían engañados ni explotados porque necesitaban los productos que les proporcionaban los colonizadores para garantizar y fortalecer sus propias estructuras sociales equivale a decir que si no eres consciente del engaño (y de la explotación) es como si no fueses engañado (y explotado). ¡Que bonito!.

¿Realmente quienes así argumentan son verdaderamente conscientes de lo que están diciendo?. Su preocupación por el papel activo que desempeñaron los autóctonos y el no querer verlos como simples comparsas (lo cual es un rasgo positivo de la arqueología postcolonial) les ha jugado en esta ocasión una mala pasada y convierte a aquellos en alienados, a su pesar, dentro del proceso colonialista. Transferir la explotación a las elites autóctonas dejándo a los colonizadores libres de responsabilidad en esto, no puede resultar, por otro lado, más simplista y, al mismo tiempo, irreal, y, por tanto, ahistórico. Si algo sabemos con bastante certeza es el carácter sombrío del colonialismo y sus formas de explotación de las que no se puede desligar en modo alguno a los colonizadores (Moreno Arrastio, 2008). El relativismo y subjetivismo postmodernos no hacen sino convertir la explotación colonialista en una carícatura de si misma, haciéndole un muy flaco favor a sus víctimas, precisamente a las que los arqueólogos postcoloniales dicen identificar y defender.

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Antes de Hiram I: los comienzos de la expansión tiria

Según una noticia trasmitida por Justino (XVIII, 3, 5) Tiro habría sido fundada por los sidonios en lucha contra las gentes de Ascalón un año antes del saqueo de Troya. Flavio Josefo, (Ant Iud., VIII, 61) sin entrar en las causas, también nos aporta una fecha muy similar. Pero puesto que no hay evidencias arqueológicas de una destrucción de la ciudad por aquellas fechas y sin embargo está bien documentada la hostilidad entre Sidón y Tiro en el periodo histórico precedente, tal vez se trate del eco de un enésimo conflicto en la rivalidad de las dos ciudades, o como quiere J. B. Tsirkin de una presencia de refugiados sidonios en Tiro que haya terminado por ser interpretada como una “fundación”.

Las relaciones entre Tiro y Sidón, que había desarrollado durante el último periodo del Bronce Final una política de expansión territorial, en perjuicio, entre otros, de los tirios que perdieron su control sobre Usu, y un activo comercio terrestre, además de marítimo en toda la región parecen haber sido, por consiguiente, bastante problemáticas, como ha quedado reflejado también en la mitología.

Como en muchos otros lugares de Mediterráneo Oriental, el colapso del sistema comercial regional a finales del siglo XIII a. C. supuso la interrupción de los contactos marítimos de las ciudades costeras de Fenicia con el Egeo y otras regiones del Mediterráneo. No esta claro hasta que punto algunas de ellas pudieron resultar afectadas por la ola de destrucción que sacudió toda la zona , pero, en cualquier caso, las que escaparon a la devastación, como parece haber sido el caso de Tiro, que sin embargo muestra una disminución drástica de las importaciones entre el 1200 y el 1050 a. C., mantuvieron, pese a todo, su actividad comercial con Chipre y Egipto .

De acuerdo con M.E. Aubet, la evidencia arqueológica señala claramente que desde el siglo XI a. C. Tiro está asumiendo un papel importante en el control del comercio marítimo interregional. La reestructuración de las estrategias de la producción, que se percibe en la aparición de una zona dedicada al trabajo de la cerámica, joyería y textiles, orientada ahora a la manufactura de bienes de intercambio, coincide con la presencia de las primeras importaciones procedentes de Chipre, Grecia y Egipto, lo que indica una recuperación del comercio a larga distancia .

Tal vez por ello debamos preguntarnos si, a la recíproca, esto no significaría una cada vez más activa presencia de los fenicios de Tiro en aquellos lugares que como Paleopaphos, Amathonte y Salamis en Chipre, Lefkandi en Eubea, la necrópolis de Tekke en Knossos o el templo A de Kommos, ambos en Creta , manifiestan la llegada de importaciones y de personas desde el siglo XI y durante el siglo X a. C. procedentes de un contexto claramente fenicio.

Ya que la cerámica de Eubea en este periodo solo aparece en Tiro y que Hiram I tiene que sofocar una insurección de una colonia en Chipre, parece bastante lógico considerar que son los fenicios de Tiro los principales impulsores de todas estas actividades. Todo ello viene a encajar bastante bien con una política de expansión tiria que se inagura, según una de las más acreditadas tradiciones del Próximo Oriente, con la conquista simbólica de los confines del mundo, representada por la llegada de los fenicios de Tiro a Gadir, Lixus y Utica en torno al 1100 a. C.

No más tarde de mediados del siglo XII a. C. comenzaron los intentos por reconstruir una red comercial de gran alcance en el Mediterráneo en la que los tirios tomaron la delantera a los gebalitas y sidonios, y que culminan con la llegada al lejano Occidente a finales del siglo XII, comienzos del XI a.C.

Por otra parte, las investigaciones arqueológicas muestran como Tiro inicia, desde mediados del siglo XI a. C. una expansión territorial hacia la fértil llanura costera de la región de Akko y Monte Carmelo, a unos 45 km al sur de la ciudad, destruyendo algunos asentamientos ocupados por los “pueblos del mar” como Dor y probablemente Akko, y ocupando otros sitios como Achziv, Tell Abu Hawam, Tell Keisan, Kabul, Shikmona, Tell Mevorakh, Tell Qasile y Tell Michal. De esta forma, Tiro se hace con el control de lugares no solo costeros sino situados algunos también sobre las colinas de la Baja Galilea, bastante tiempo antes de la supuesta compra a Salomón de las “tierras del país de Kabul”, denominación administrativa del territorio de la tribu de Asher en Galilea, con lo que se quiebra la imagen que teníamos del auge de Tiro como ciudad pacífica que logra sus objetivos mediante la diplomacia y el comercio.

Los niveles de destrucción en lugares como Dor y Akko revelan una estrategia claramente violenta y coercitiva, dirigida no solo a dominar la entera franja costera entre Tiro y Monte Carmelo, sino también a apoderarse de una región clave para el desarrollo agrícola y el control de las rutas terrestres. Asímismo, una serie de fortificaciones en la Alta Galilea, con claros paralelos fenicios en otros lugares de Oriente, está sugiriendo un ambiente de pugna por el control de estos territorios. Si nos atenemos a la información bíblica, una parte de aquellas tierras en las que moraban las gentes de la tribu de Asher, debió, por consiguiente, haber escapado al control de Tiro después de su anexión en la segunda mitad del siglo XI a. C., tal vez por obra de las conquistas de David , que sin embargo parece haber sido aliado también del monarca de Tiro, según Flavio Josefo, por lo que Hiram I estaría después interesado en su adquisición, dada su importancia agrícola, y habría decidido finalmente comprarlas a Salomón.

No obstante, si las recientes propuestas sobre la dimensión más modesta del reino de Israel por aquella época, que rebajan considerablemente el poder ejercido por David y Salomón y el alcance de sus conquitas, resultan creibles, Hiram se convierte, siguiendo el modelo del periodo histórico precedente, en un rey poderoso que mantriene tratos y realciones desiguales con otros príncipes y monarcas de la región, y la noticia sobre la pretendida compra del país de Kabul no estaría sino ocultando la exigencia del soberano de Tiro de un control total sobre unas tierras en las que, desde su anexión por los fenicios, habitaban también gentes israelitas. Como justamente ha señalado F. López Pardo: “Hiram no parece ser el artífice de una incipiente expansión por el territorio circundante, Líbano y Chipre, sino el heredero de una presencia colonial firme en Chipre y una red comercial ya consolidada en Occidente”.


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Las cerámicas fenicias (Slide show)