El Bronce Final y el periodo orientalizante en Tartessos

Lo que los autores antiguos escribieron sobre Tartessos nos permite situarla en el sur de la Península Ibérica. Heródoto aún precisa más al afirmar que se encontraba más allá de las Columnas de Heracles (Estrecho de Gibraltar) y distinguirla de Iberia, que para los griegos representaba el litoral mediterráneo, en el que se encontraba Emporion. Éforo afirma incluso que se hallaba a dos días de navegación de la Gadir fenicia. Otras fuentes posteriores confunden ambas o asocian Tartessos al Estrecho y al Guadalquivir (Betis). La conclusión que se puede obtener es que Tartessos era en un principio el nombre de un lugar en la costa atlántica para, posteriormente, abarcar un territorio más amplio que, a grandes rasgos, llagaría a comprender todo el sur peninsular. Pero ¿qué era Tartessos?.

La lectura de las fuentes induce a pensar en un reino floreciente, con una capital amurallada situada en la múltiple desembocadura de un río que arrastra estaño entre sus aguas y nace en una montaña rica en mineral de plata. Un lago se encuentra próximo. Durante mucho tiempo, y desde la famosa obra de Schulten, que fue el primero en situar Tartessos en un lugar concreto del sur de la Península, los arqueólogos buscaron una ciudad en distintas ubicaciones -Isla del Saltés (Huelva), marismas y Hasta Regia (Sevilla), Coto de Doñana, Mesa de Astas (Cádiz)- sin que el éxito les sonriera. A finales de los años sesenta esta etapa de la investigación se percibía agotada, por lo que a partir de entonces se sentaron las bases para, renunciando por el momento a la localización y excavación de la ciudad de Tartessos, llegar a definir arqueológicamente la cultura tartésica, precisamente cuando los hallazgos fenicios comenzaban a prodigarse.

De esta forma, se multiplicaron los sondeos y cortes estratigráficos a fin de obtener secuencias cronológicas más seguras y se realizaron algunas excavaciones que despertaron gran interés debido a las expectativas que suscitaron, como el Carambolo en Sevilla, asociado al famoso tesoro, o a los resultados obtenidos, caso de La Joya en la ciudad de Huelva. El contexto arqueológico "orientalizante" así definido estaba formado por diversos tipos de objetos -cerámicas, bronces, joyas, marfiles- encontrados unos en las nuevas excavaciones realizadas, reestudiados otros que ya eran conocidos de excavaciones antiguas, o fruto del hallazgo más o menos casual los terceros. Desde esta perspectiva Tartessos y su cultura aparecían cada vez más vinculados a la colonización fenicia en la Península, cuyas pruebas arqueológicas se multiplicaban con el descubrimiento de numerosos asentamientos en las costas mediterráneas, y cuya presencia apenas se había llegado a sospechar años atrás. En los ultimos años esta presencia fenicia ha sido detectada en el barrio y santuario de Coria del Rio, la antigua Caura tartésica, y en el probable templo de Astarté de el Carambolo Alto, en Camas, Sevilla.

Así del floreciente reino filohelénico que había imaginado Schulten y algunos investigadores posteriores, se paso a concebir Tartessos como resultado de una fuerte influencia cultural de origen fenicio sobre las poblaciones del sur peninsular. Prácticamente todo lo que significara algún progreso respecto a los períodos anteriores de la Edad del Bronce -el torno, la escritura, la metalurgia del hierro, la vida en ciudades, la vid y el olivo, las artesanías - habría sido traído por los fenicios desde el otro extremo del Mediterráneo. Tal interpretación acabó por suscitar dos tipos distintos de reacciones. Por un lado, algunos investigadores intentaron resucitar la vieja idea de un protagonismo griego en la formación de Tartessos, en detrimento, claro está, del elemento fenicio. Otros, por el contrario, comenzaron a minimizar, sin negarlas, las aportaciones externas, buscando las razones de la aparición de Tartessos en la propia dinámica local de las poblaciones de finales de la Edad del Bronce, tarea nada sencilla ante la escasez, en muchos casos, de información arqueológica sobre los momentos más antiguos.

El Bronce Final.
Los vestigios de los asentamientos más antiguos ocupados por las gentes de Tartessos en el sur de la Península se remontan a finales de la Edad del Bronce. Se trata de poblados más que de villas o ciudades, ya que se hallan compuestos por cabañas de planta oval o circular, excavadas en el suelo a poca profundidad, con paredes y techumbres construidas con entramado vegetal cubierto de barro, y dispuestas sin una organización clara del espacio, y sin una distinción de áreas por actividades, al menos en lo que las excavaciones dejan conocer. Algunos de estos poblados son muy antiguos y, como Setefilla (Lora del Río, Sevilla), Carmona (Los Alcores, Sevilla), Montemolín (Marchena, Sevilla) El Berrueco (Medina Sidonia, Cádiz) o el Llanete de los Moros (Montoro, Córdoba) y Colina de los Quemados (Córdoba), se sitúan en lugares estratégicos que dominan los caminos y los recursos agrícolas de la zona, remontándose a mediados de la Edad del Bronce o a comienzos del Bronce Final.

Otros, sin embargo, surgen en un momento posterior, hacia la mitad del siglo IX a. C., como los que ocupan los cabezos de Huelva, el Carambolo, Cerro Macareno, y Valencina de la Concepción, los tres en la provincia de Sevilla. Algo después, desde comienzos del siglo VIII a. C, surgen otros asentamientos más directamente relacionados con los trabajos mineros y metalúrgicos. Algunos están situados en la ruta que conducía desde las minas de Huelva (Río Tinto, Aznalcóllar) al Bajo Guadalquivir, como San Bartolomé de Almonte o Tejada la Vieja (Escacena, Huelva). Otros junto a las minas de Río Tinto, como Cerro Salomón o Quebrantahuesos.

También aparecen poblados con otras localizaciones, junto a la Gadir fenicia, como Castillo de Doña Blanca (Puerto de Santa María, Cádiz) y en lugares más alejados y estratégicos de cara al acceso de territorios muy al interior, como Medellín (Badajoz). Al mismo tiempo que surgen estos nuevos poblados, aumenta el tamaño de los anteriores y la forma en que todos se disponen sugiere una organización territorial jerarquizada, en los que los centros más recientes y pequeños se sitúan en torno a los más antiguos, algunos de los cuales, como Carmona, se dotan de poderosas murallas. Características de todos ellos son las cerámicas, cuencos, urnas y vasos, con decoración bruñida o, en menor medida, pintada geométrica.

Desgraciadamente no se conocen las necrópolis de esta época correspondientes a todos estos lugares, por lo que se nos escapa una gran parte de valiosa información arqueológica. Curiosamente los objetos que componen el restante registro arqueológico de este periodo se encuentran descontextualizados o su contexto es muy difícil de establecer. Tales son, en primer lugar, una serie de estelas labradas en piedra con toscos grabados que representan, de forma muy esquematizada, lo que parecen ser guerreros rodeados de su panoplia -escudos redondos, hachas, lanzas y largas espadas de tipo "atlántico"- y otros objetos como liras, peines, espejos de bronce y carros de parada.

Estos monumentos se difunden por el sur de la Península, con una mayor concentración en la zona extremeña, apareciendo algunos ejemplares aislados mucho más al norte, sobre el curso del Tajo y también en sitios como Coca y Zaragoza. Se les atribuye una función funeraria, en relación con los enterramiento de inhumación en cista de la Edad del Bronce, pero lo cierto es que ninguna ha aparecido hasta el momento vinculada a tal tipo de sepulcro, quizá como consecuencia de haber sido removidas de su ubicación originaria, y tan sólo tres han aparecido en las proximidades de alguna otra clase de tumba. Algunos investigadores consideran que pudieron haber servido como mojones, indicadores de territorios y caminos, mediante la formalización de un lenguaje simbólico común, una especie de pre-escritura o de escritura pictográfica muy simple, lo que sin duda constituye una hipótesis muy sugestiva que tiene, no obstante, en su contra la escasa altura de las estelas, lo que hace muy difícil que pudieran ser avistadas sino era desde muy cerca. Por último, hay quien ha querido ver en ellas la huella de la presencia de gentes célticas en Tartessos, guerreros de fortuna o "mercenarios" que podrían haber sido utilizados por las poblaciones del mediodía peninsular para la defensa de los cotos mineros.

Los hallazgos de depósitos de armas y otros utensilios de bronce, como el famoso de la Ría de Huelva, encontrado en 1923 al dragar el puerto, corresponden también a este periodo. Aparte de algunas espadas aisladas descubiertas en grietas de las rocas, los conjuntos de armas suelen aparecer bajo las aguas de un vado de un río, en un lugar de confluencia entre un río y su afluente, o en una zona de estuario. Además de las espadas largas de tipo "atlántico", están presentes en estos hallazgos las más cortas de tipo "mediterráneo" y probable factura local, así como las puntas de lanza, puntas de flecha, puñales y algún que otro objeto personal, como las fíbulas.

No menos importantes son los descubrimientos de tesoros, compuestos en su mayoría por piezas de oro - brazaletes, torques, diademas, cuencos y jarros- asociados frecuentemente con los cruces de caminos o el paso por una zona montañosa. Hallazgos de este tipo se han descubierto en Sintra (Portugal), Sagrajas (Badajoz) y Berzocana (Cáceres), entre otros sitios. Paradójicamente el más fabuloso de estos tesoros, con un peso de más de 9 kg de oro, fue encontrado en 1963 en la localidad de Villena (Alicante), en un contexto geográficamente alejado de Tartessos, pero en posible relación con el cercano poblado de la Peña Negra (Crevillente, Alicante), descubierto y excavado posteriormente, que muestra la presencia de fuertes influjos tartésicos y fenicios.

El orientalizante.
A partir del 775 a. C. una serie de cambios observables en el registro arqueológico permiten hablar de la transición hacia un periodo "orientalizante" en consonancia con la difusión por el Mediterráneo de objetos y modas de procedencia oriental protagonizada primero por los fenicios y más tarde también por los griegos. Será entre el 700 y el 550 a. C cuando este orientalizante en el sur peninsular produzca sus manifestaciones más notorias. Las cerámicas fenicias y otras importaciones comienzan a hacer su aparición en los poblados tartésicos y en las necrópolis de esta época. Algunas, como los peines de marfil, los espejos de bronce, las fíbulas o los carros, son el equivalente, en piezas de ajuar funerario, de las anteriores representaciones de objetos similares en las estelas.

Otras, como los jarros, páteras y estatuillas de bronce, las cajas o arquetas de marfil, las joyas de oro y plata, los objetos de vidrio tallado, los cuchillos de hierro con empuñadura de marfil, o los recipientes de cerámica o alabastro para perfumes, esencias, bálsamos y cosméticos aparecen ahora por primera vez y se concentran, con los anteriores, en algunas tumbas que por su tamaño y contenido alcanzarán a lo largo del siglo VII a. C. un carácter principesco. Junto a estas importaciones "de lujo" encontramos también en los poblados tartésicos otras más "comunes", y que sin duda obedecen también a la presencia de los fenicios, como son las ánforas que debían contener vino y aceite, así como telas, collares y otros abalorios, cuentas de vidrio, amuletos de estilo egipzianizante, etc.

Los cambios observables en el registro arqueológico durante este periodo no se reducen sólo a la aparición de objetos y artefactos traídos por los fenicios. En los mismos poblados se pueden constatar modificaciones importantes en la técnica de construcción de las casas, ahora de planta cuadrada o rectangular, con muros enlucidos de mampuestos y tapial que se alzan sobre cimientos y zócalos de piedra. En ocasiones el suelo aparece cubierto con un pavimento de guijarros formando mosaicos. Desconocemos, debido a las pequeñas superficies excavadas, si estos cambios se corresponden a una nueva distribución del espacio en los asentamientos según una especialización de tareas y funciones, aunque en algunos lugares como Tejada la Vieja y la propia Huelva parece que así es.

En otros, en cambio, como en Cerro Salomón, los vestigios de las actividades minero-metalúrgicas -martillos de granito, yunques de piedra, escorias, crisoles y toberas- se localizan en el interior mismo de las viviendas, sin que se aprecie una diferenciación funcional por zonas en el área del poblado. Algunos de estos poblados, en especial los que ocupan posiciones estratégicas de control del territorio, como la Mesa de Setefilla (Sevilla) o en las rutas que conducían desde los centros mineros a los puertos de la costa, como Tejada la Vieja (Huelva) se fortifican por aquel entonces. En esta última localidad se construyó durante el siglo VII a. C. una importante muralla de más de un kilómetro y medio de longitud, en forma de talud y reforzada por torres semicirculares. En algunas zonas de Sevilla y Córdoba los vestigios de nuevos habitats parecen guardar relación con una explotación agrícola de la campiña.

Bastante avanzado el periodo, casi ya a final del mismo, se construyeron grandes edificios en algunos lugares que, por su ubicación, presentan una disposición periférica en relación al Bajo Guadalquivir y la zona de Huelva, donde se han concentrado la mayor parte de los hallazgos. En Cástulo (Linares, Jaén) un pequeño santuario del siglo VI, muy parecido a estructuras similares descubiertas en Chipre, estaba, según parece, relacionado de alguna forma con la actividad metalúrgica. Así mismo, el palacio/santuario de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Cáceres), también presenta en su construcción huellas de una evidente influencia oriental, pero difiere del santuario de Cástulo en que no se encuentra próximo a ningún poblado de la época que conozcamos arqueológicamente, lo que hace más difícil su interpretación. Ningún otro edificio público o de prestigio de este periodo se conoce en parte alguna.

Como centros de actividades especializadas, la presencia de edificios públicos, sede por otra parte del poder económico y político, suele ir asociada a la de la escritura. Los restos más antiguos de una escritura en Tartessos corresponden precisamente a este periodo. Se trata de una escritura de aspecto geométrico y de posible procedencia fenicia que se utilizó fundamentalmente para escribir fórmulas estereotipadas sobre un tipo de estelas, al parecer funerarias, que se consideran posteriores a las estelas decoradas del Bronce Final, así como algunos grafitos muy simples, tal vez marcas de propiedad, sobre recipientes cerámicos.

Las necrópolis, por su parte, se caracterizan por la diversidad, casi mezcolanza, de ritos y estructuras funerarias. Inhumación e incineración aparecen incluso dentro de la misma tumba y otras veces comparten el mismo recinto funerario, en tumbas de cámara cubiertas por un túmulo, en fosas alargadas y poco profundas, o en simples oquedades practicadas en el suelo. Toda esta variedad puede estar reflejando simultáneamente la presencia de influencias externas, la coexistencia en un mismo lugar de poblaciones diversas y los cambios culturales y sociales que se produjeron durante este periodo. Algunas tumbas, como en la Joya (Huelva), el Acebuchal (Sevilla) o en Cástulo, contenían restos de un ajuar muy rico cuando fueron excavadas.

En otras ocasiones la construcción de grandes estructuras funerarias -túmulo y cámara-, que albergaban también ricos ajuares, fue realizada sobre los restos de enterramientos anteriores mucho más modestos que resultaron destruidos, como en Setefilla, lo parece describir un proceso de enriquecimiento y encumbramiento social de ciertos grupos de la población. Estos túmulos principescos, en los que se entierran uno o a lo sumo dos individuos, con sus joyas, marfiles y un carro de parada, contrastan con otros más antiguos sin cámara interior y de tipo colectivo, como los de la necrópolis de La Cumbres (Puerto de Santa María, Cádiz) que albergaban enterramientos más modestos en cista o en fosa, sin apenas diferencias de tamaño y de ajuar entre ellos, y con una disposición en grupos que sugiere su carácter familiar. Grandes tumbas sin cámara funeraria interior se han encontrado también en Alcantarilla y Cañada de Ruiz Sánchez (Carmona, Sevilla). Al margen de las diferencias en el tamaño, la forma y la altura de los túmulos, la presencia o no de cámaras funerarias y de los ricos ajuares, la cultura material tal y como se observa, por ejemplo, en las cerámicas, es la misma antes y en el momento de la construcción de las tumbas principescas, por lo que no se pueden achacar a un grupo foráneo y parecen corresponder, más bien, a la aparición entre la población de personajes ricos y poderosos.

Las cerámicas locales comienzan a fabricarse a torno en este periodo y también se imitan formas y modelos característicos del repertorio de las cerámicas fenicias. Sin embargo esta imitación no es generalizada. Se copian sobre todo los cuencos, vasos y ollas, vajilla de mesa y de cocina, mientras se ignoran aquellas otras piezas, como los pequeños recipientes de ungüentos y perfumes, propias de un uso más especializado. Parece que también se llegaron a fabricar localmente algunos objetos típicos del repertorio "orientalizante", como los jarros o los timaterios de bronce, joyas y algunos objetos de marfil, si bien los arqueólogos mantienen dudas, por lo que la polémica subsiste, sobre si fueron realizados por artistas y artesanos tartésicos que habían aprendido las técnicas y se inspiraban en los modelos orientales, o por fenicios que vivían en las colonias de la costa e, incluso, entre la misma población de Tartessos.

De entre los descubrimientos más espectaculares pertenecientes a este periodo, además de la necrópolis de la Joya y del palacio/santuario de Cancho Roano, figuran dos importantes tesoros orientalizantes, muy diferentes en contenido y estilo a los del Bronce Final. El primero de ellos fue descubierto a comienzos de los años veinte en la Aliseda (Cáceres), pero hasta hace pocos años no ha sido objeto de una valoración adecuada. Se trata de joyas femeninas de oro -anillos, brazaletes, pendientes, collar, diadema y cinturón- de complicada manufactura fenicia realizada en la Península o importadas de Oriente, como la botella de vidrio que, con un cuenco de oro, un par de vasos y una fuente de plata y un espejo de bronce, completaban el hallazgo, relacionado con una tumba de cámara cubierta por un túmulo. Estas joyas orientalizantes son ligeras e intrincadas y están realizadas en pequeñas láminas con técnicas como el granulado, la filigrana y las soldaduras de oro. Tesoros más pequeños de este tipo se han encontrado en Cortijo de Evora (Cádiz), Serradilla (Cáceres) y Baiao (Portugal).

El tesoro del Carambolo (Sevilla), el segundo en importancia de esta época, contenía por el contrario piezas de oro más pesadas, propias de un personaje masculino, -pectorales, brazaletes, diadema, cinturón y collar- y fue hallado asociado a las estructuras de un poblado, cuya excavación, dada la envergadura del descubrimiento, defraudó sin embargo las expectativas iniciales. Ningún gran centro tartésico fue descubierto allí, como al principio se esperaba, sino tan solo un asentamiento similar a otros tantos conocidos.

Hacia mediados del siglo VI a. C., o más concretamente entre el 575 y el 540 se produce la llegada a la zona de Huelva de cerámicas de importación de origen griego oriental, en especial copas jonias así como aríbalos y píxides que contenían perfumes y otros vasos más elaborados entre los que destacan un par de fragmentos atribuidos al taller de Clítias. Ya antes habían aparecido algunas piezas de origen rodio, samio o eolio. No faltan ahora las ánforas procedentes de Quíos, Corinto, Samos, o la misma Atenas, contenedores seguramente de aceites y vinos de calidad. Todas estas piezas griegas, con un total de unos dos mil fragmentos hallados, apenas suponen, sin embargo, un 3% del total de la cerámica encontrada, tanto importada como de fábrica local, por lo que su presencia sugiere un comercio restringido a grupos y sectores sociales muy específicos y reducidos y confirma las noticias de Herodoto a tal respecto.

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