El auge de Cartago y su manifestación en la Península Ibérica



I. La pertinencia de una imagen ponderada de los cartagineses y su historia.
La imagen convencional que tenemos de los cartagineses, de su cultura y su historia, nos viene dada en gran medida por la imposición, desde la misma Antigüedad, de una tradición marcadamente anticartaginesa. Esta tradición, que asimila a los cartagineses con otros pueblos "bárbaros" como los persas y los considera un peligro para los griegos fue elaborada e influida por autores como, Píndaro, Éforo, Isócrates, Diodoro, Polibio y Plutarco (Whittaker: 1978 : 60 ss Wagner: 1983, 251 ss) afianzándose de forma casi irreversible tras la victoria de Roma sobre Cartago y con la pérdida de los testimonios escritos de origen cartaginés. Una visión tan negativa de aquel pueblo no fue compartida por otros autores no menos significativos como Heródoto, Tucídides o el mismo Aristóteles y parece hoy ciertamente exagerada (Huss:1993, 32). Pero finalmente los romanos, que la heredaron de los griegos, impusieron su propio punto de vista favorecidos por sus victorias en el campo de batalla.
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Como es sabido la historia la escriben siempre los vencedores y los cartagineses perdieron las guerras que les enfrentaron a Roma. El mismo hecho de hablar de "púnicos" supone ya aceptar sin crítica el discurso que domina en las fuentes literarias latinas con su carga ideológica negativa para los cartagineses y suponer que todos aquellos que vivían en las ciudades fenicias occidentales se encontraban sometidos a la autoridad de Cartago (López Castro: e.p.). A consecuencia de ello la historia y las vicisitudes de los cartagineses en el Mediterráneo vienen marcadas desde entonces por numerosos tópicos con los que, durante mucho tiempo, los investigadores modernos, receptores bastante acríticos de la tradición greco-latina, han intentado frecuentemente hacer coincidir los documentos y datos de que disponen, realizando unas veces interpretaciones sesgadas y otras, las menos, llegando incluso a violentar la propia fuente sobre la que trabajan.

Ejemplo de las primeras tenemos en la presunción de que Cartago heredó el imperio marítimo de Tiro después de la capitulación de la metrópoli fenicia ante el ejército del babilonio Nabucodonosor, un imperio basado en un control directo sobre el comercio a larga distancia y los mercados lejanos, así como en atribuir a Cartago ambiciones imperialistas, en sentido clásico, a la manera de Asiria ó de Persia -excluimos Roma ya que la existencia o no de un imperialismo romano ha sido también sometida a discusión (Veine: 1975; Finley: 1978 Harris: 1989) como parte de esa misma tradición heredada- que le llevarían a practicar una política agresiva de conquistas, bloqueos y monopolios, sin tener en cuenta que en muchos casos las agresiones y los conflictos a que dieron lugar, como las noticias de enfrentamientos navales con focenses y massaliotas de los que escuetamente nos hablan Tucídides (I, 13, 6), Pausanias (X, 8, 6; 18, 7) y Justino (XLIII, 5, 2) amén de las guerras en Sicilia, se dirimen en una tupida y compleja red de intereses contrapuestos en la que los cartagineses participan, no a título de protagonistas, sino como una más de las partes implicadas.

Esta imagen del imperio cartaginés tiene entre nosotros mucha fuerza pues lo concebimos como una replica significativa de los modernos imperios que han forjado en la historia reciente nuestras naciones occidentales, como escribía ya Chateaubriand en su Essai sur les revolutions al establecer la comparación con la moderna Inglaterra, y como luego difundiría Schulten al hacerlo responsable nada menos que de la destrucción de Tartessos (Cruz Andreotti: 1987, 239). Una comparación que también se ha establecido, quizá con menos éxito, con la Venecia postrenacentista (Lancel: 1994: 117 ss) Una combinación de comercio y poder militar habría proporcionado su poder expansivo a los cartagineses, y como tal se habría manifestado igualmente en la Península Ibérica. Así, en un libro tan reciente como es el del prof. Huss (1993, 39) se afirma que "con certeza, a finales del siglo VI intervinieron en España con medios militares". Y sin embargo no pasa de ser una presunción ya que las fuentes literarias no lo establecen de forma categórica y falta un claro apoyo de los datos arqueológicos.

No deja de ser significativa la ausencia de estudios relativos a la presencia cartaginesa anterior a los Bárquidas, debida en parte a la fuerza de la interpretación tradicional que no requiere, por consiguiente, de nuevas averiguaciones, pero que también obedece a una singular ausencia de acontecimientos, al menos desde la perspectiva de la historia político-militar que precisamente la arropa. Basta con revisar dos publicaciones recientes sobre la presencia fenicia y cartaginesa en Occidente (Aubet y Olmo: 1986 cfr: Wagner: 1987, 335; Blázquez: 1992) y la proporción dedicada en el mencionado libro de Huss a España en contraste con el resto del Mediterráneo, así como en la obra del prof. Lancel (1994). Tal sospechosa ausencia de acontecimientos se ha venido justificando comúnmente por la existencia de un "bloqueo" cartaginés del Occidente que impediría saber que es lo que sucedía aquí. Pero los escasos textos sobre los que se pretende fundamentar tal explicación, además de la cuestión de la escasa viabilidad técnica, ofrecen una lectura diferente.

De esta forma, cuando con ocasión del primer tratado concluido entre Cartago y Roma se hace decir a Polibio (III, 22, 4) lo que él expresamente no dice, o se le considera, sin más, errado cuando afirma que el Cabo Hermoso, pieza angular de toda una interpretación que ha pretendido el cierre a la navegación por los cartagineses del Mediterráneo Occidental, es aquel que se yergue junto a Cartago , por lo que las restricciones a la navegación hay que entenderlas hacia el este y no hacia el oeste, hacia Tartessos, nos encontramos ante un significativo y difundido caso de manipulación de la información que proporcionan nuestras fuentes. Sin embargo se concede más autoridad a la palabra de un poeta, como Píndaro que a la de un historiador como Polibio, y no se pretende discutir las alusiones de aquel (3ªOlymp . 40-5, 3ª Nem. 19-27, 4ª Nem., 66-72, 3ª Ist. 27-31) acerca de las Columnas de Heracles como término de la navegación para los griegos, que no obstante hay que interpretarlas, tras un análisis minucioso de los poemas, su finalidad y el contexto en que se realizan (Domínguez Monedero, 1987), en sentido alegórico, como el lugar donde se encuentran los confines del mundo, que sólo un héroe de la talla de Heracles puede alcanzar, y no como informaciones de valor histórico sobre una situación concreta.

Por otra parte, contrariamente a todas las pretensiones de ver en Cartago un imperio de tipo clásico, la ciudad norteafricana se configuró como una polis (Tsirkin: 1986), en la acepción más amplia del término: una ciudad-estado mediterránea y como tal mantenía semejanzas y divergencias con otras tales como Atenas, Esparta, Corinto, Siracusa, Ceres o la propia Roma. Por su constitución, ensalzada por Aristóteles, quien junto con Eratóstenes y otros, no consideraba a los cartagineses merecedores de figurar entre los "bárbaros"; por su desarrollo histórico, que desde un sistema oligárquico integrado por las familias que descendían de los primeros colonizadores, pasó a otro de corte aristocrático, soportó en el siglo VI a. C. el intento de instaurar una tiranía por parte de Malco y padeció del papel preponderante de los Magónidas, en muchos aspectos similar al de los tiranos griegos, hasta alcanzar finalmente una "república aristocrática" (Lancel, 1994: 113), tras un postrero intento de golpe de estado, una pseudodemocracia parangonable hasta cierto punto a la romana; por su propia proyección externa, en fin, realizada hasta el siglo III a. C. con métodos que primaban las alianzas y pactos desiguales sobre la conquista y la agresión directa, Cartago está mucho más cerca de cualquiera de ellas que de Persia u otro imperio "clásico" de la Antigüedad.

II. El imperialismo cartaginés en el Mediterráneo.
Recientes estudios (Whittaker: 1978, Wagner: 1983, Hans: 1983, Barceló: 1988, López Castro: 1991a y 1991b) sobre la política exterior de Cartago y los medios empleados para llevarla a cabo en el Mediterráneo ponen en tela de juicio la imagen tradicional de un imperialismo cartaginés a la clásica. No hay, por ejemplo, traza alguna de la existencia de un aparato de administración imperial en Sicilia, Cerdeña o la Península Ibérica. Por otro lado, la palabra que las fuentes antiguas utilizan de forma predominante para referirse al tipo de presencia de Cartago en Sicilia, donde nuestra documentación es más abundante, es la de epikrateia (señorío, jurisdicción ), que aunque expresa evidentemente una idea de dominio, difiere de eparxia vocablo utilizado para caracterizar una provincia de un imperio territorial. En cuanto a las conquistas cartaginesas estas parecen haber sido particularmente efectivas en el norte de Africa y no tanto en su entorno circunmediterráneo, lo que no puede ser achacado a falta de capacidad sino a divergencia de intereses. Si las guerras de Sicilia han de ser interpretadas como un exponente del imperialismo cartaginés entonces también lo son de un imperialismo de Siracusa y algunas otras ciudades griegas interesadas en enfrentarse a los púnicos por motivos políticos y económicos.

Los conflictos que sacudieron la convivencia en la isla no estaban siempre provocados por Cartago o sus aliados fenicios (Wagner: 1983, 179 ss; Hans: 1983) y en el curso de ellos encontramos inmejorables ocasiones que los cartagineses podrían haber aprovechado para extender su presencia en la isla sin que tal cosa fuera finalmente llevada a la práctica (Whittaker: 1978, 64 ss). Una vez más la pregunta resulta pertinente ¿falta de capacidad ó ausencia de objetivos?. No conviene olvidar que una nutrida colonia cartaginesa habitaba en barrios de Siracusa, Agrigento o Selinunte, al igual que había griegos en Cartago a los que conocemos incluso por sus inscripciones, y que en la defensa del enclave fenicio de Motia, ubicado en la parte occidental de Sicilia, colaboraron activamente todos aquellos helenos deseosos de oponerse a la tiranía siracusana de Dionisio el Viejo, como lo volverían a hacer una generación más tarde con ocasión de la guerra provocada por Agatocles (Wagner: 1983, 253 y 330 ss).

En muchas ocasiones se ha considerado la presencia desde el siglo V a.C. de mercenarios iberos en los ejércitos cartagineses como una prueba del dominio que sobre sus territorios ejercía la ciudad norteafricana. Sin embargo, la presencia de mercenarios de diversa procedencia, no sólo iberos, sino también ligures, galos, itálicos, celtas e incluso griegos, en los ejércitos cartagineses que operaban en Sicilia y otros lugares del Mediterráneo no puede ser considerada como un testimonio del dominio de Cartago sobre sus lugares de origen. Nadie revindica una conquista cartaginesa del país de los ligures o del de los celtas y parece claro que la presencia de mercenarios íberos en las tropas movilizadas por Cartago, aunque es un claro síntoma de unas relaciones fluidas entre las dos partes, no implica necesariamente la conquista de su país por los cartagineses (Wagner: 1985, 457; Barceló: 1988, 115 ss), sobre todo cuando los argumentos colaterales en favor de tal conquista se muestran, como ahora veremos, sumamente débiles. En este mismo sentido, se ha exagerado mucho el carácter mercenario de los ejércitos cartagineses, que aún siendo pluriétnicos y contando entre sus miembros con soldados de fortuna, no perdieron nunca del todo su carácter y contingente ciudadano, por lo que no se pueden parangonar a los vastos y heterogéneos ejércitos puestos en pie por los persas, como en ocasiones se ha hecho. A tal respecto no hay que pensar que todos los ejércitos cartagineses fueran como el de Aníbal, que era básicamente un ejército de tipo helenístico de acuerdo a las circunstancias y al signo de los tiempos (Wagner: 1994).

A la vista de todas estas consideraciones la presencia de Cartago en el Mediterráneo puede ser entendida de una manera ciertamente distinta a como se ha venido haciendo con demasiada frecuencia. Parece que los cartagineses, debido sobre todo a la escasez de tierra cultivable y materias primas en el territorio originario de su ciudad antes de las conquistas africanas emprendidas por Hanón en el siglo V a. C., se involucraron activamente en el comercio marítimo como una fuente tanto de prestigio como de beneficios (Whittaker, 1978: 81). De esta forma desarrollaron una política cada vez más activa de puerto de comercio, lo que les proporcionó la capacidad de sacar ventaja de la retracción del comercio fenicio occidental durante el siglo VI a. C., permitiendo finalmente reemplazarles en la redistribución comercial de metales y otras mercancías en el Mediterráneo. El relevo se produjo sin enfrentamientos abiertos ni violencia y está documentado, además de por los testimonios arqueológicos, por los famosos periplos que los navegantes Hanón e Himilcón realizaron por el Atlántico sur y norte respectivamente (Huss: 1993, pp. 42ss). El comercio cartaginés está , por otra parte, atestiguado arqueológicamente no sólo en las vecinas ciudades etruscas del otro lado del mar, sino en lugares mucho más alejados como Corinto, Olimpia y en la misma Atenas (Wagner: 1983, Ramón: 1991, 146).

Pese a encontrarse tan extendido, el argumento de que el auge de Cartago obedeció a la decadencia de Tiro no resulta creíble. La capitulación de Tiro en el 573 a. C. no tuvo una repercusión significativa en todo este proceso histórico, pese a que se sigue utilizando aún hoy para explicar la mayor presencia de Cartago en lugares como Ibiza y la decadencia de los establecimientos fenicios del sur de la Península Ibérica (Lancel: 1994, 86), ya que ni supuso una interrupción en el desarrollo histórico de la ciudad oriental, ni fue Tiro tampoco la única metrópolis que participó activamente en la expansión fenicia de época arcaica, y en todo caso el acontecimiento resulta posterior a los primeros síntomas detectados de retracción del comercio fenicio en Occidente (Alvar: 1990, 25). Cartago no intervino por tanto para ocupar el vacio producido por la "crisis" de los asentamientos fenicios en el extremo occidente ya que tal "crisis" no tuvo existencia real, al menos como se concibe en ocasiones.

Los síntomas percibidos de un supuesto retraimiento del comercio fenicio pueden ser explicados en términos de una reorganización del modelo colonial, más afectada por la situación económica en conjunto del Mediterráneo occidental que por lejanos acontecimientos ocurridos en Oriente. Se trata, en realidad, de un cambio en el patrón de asentamiento colonial que implica el abandono hacia el 600 a. C. de muchas de las antiguas "factorías" para reagrupar a la población en centros mayores con rango ya de ciudad, y cuya causa no puede ser un hecho que ocurrirá en Fenicia aproximadamente un cuarto de siglo después.

En el curso de esta evolución, los cartagineses alcanzaron un puesto preeminente en la actividad comercial y política en el Mediterráneo y como tal llegaron a desarrollar una activa presencia en ultramar con el fin de garantizar el acceso a los puertos de comercio, propios o ajenos, que constituían la base de toda aquella estructura económica, de la amenaza de piratas u otros extranjeros hostiles, en un contexto como aquel, en el que la piratería, la guerra corsaria o el pacífico comercio no eran actividades incompatibles para quien las practicara (Wagner: 1984, 212). Debido a ello establecieron una estrategia de tratados y alianzas recíprocos, pero que con el tiempo se tornaron desiguales por el predominio marítimo que llegaron a alcanzar, creando de esta forma las condiciones para una efectiva supremacía que les permitía garantizar la protección del comercio de sus aliados y presionarles circunstancialmente, así como definir en su nombre las relaciones exteriores dada su mayor presencia marítima y su más notoria capacidad de maniobra en los escenarios internacionales. Una política similar a la que, un siglo más tarde, realizarían los atenienses en el Egeo al frente de la Liga de Delos sin recurrir tampoco, salvo circunstancialmente, a la conquista y a la violencia directa.

Un imperialismo, en suma, que puede ser calificado como hegemonía y dominación indirecta, muy distinto del practicado por los imperios que decimos clásicos, pero que permitía a Cartago hablar en nombre de sus aliados en los foros internacionales, así como endosarles parte del excedente de su población, práctica que conocemos por Aristóteles (Pol., XI, 1273b), enviando la otra parte como colonos (libiofenicios) a los territorios de ultramar. Que se trata de una estructura en donde las alianzas se establecen en plano de igualdad teórica, aunque en la práctica actúe la hegemonía de Cartago, se percibe en la inclusión de Tiro y Utica como aliados de los cartagineses en el tratado del 348 a. C. Difícilmente se puede sostener la idea de que Tiro fuera parte de un imperio gobernado desde Cartago, y la ausencia de Gadir y otras muchas ciudades fenicias del Mediterráneo central y occidental no implica tanto que estuvieran sometidas a su autoridad sino que se trataba de aliados de menor rango, al menos político, por lo que en vez de figurar en el lugar de honor se alude a ellas simplemente como "los respectivos aliados" (López Castro: 1991b, 97 ss).

III. La manifestación del auge de Cartago en la P. Ibérica según las fuentes escritas.
Ciertamente los intereses de Cartago en el extremo occidente Mediterráneo, y en concreto en la Península Ibérica y Baleares, han sido mencionados por algunos autores antiguos, pero las noticias que nos han dejado son realmente escasas y sumamente ambiguas. Según Diodoro de Sicilia (V, 16, 2-3), un historiador griego que escribía en el siglo I a. C.., los cartagineses habían fundado una colonia en Ibiza en el año 653 a. C., cuando Cartago aún no había establecido una presencia comercial de cierto alcance en las mucho más cercanas Sicilia y Cerdeña. Tardará aún más de un siglo en enviar tropas al mando del general Malco para combatir en ellas (Hus: 1993, 35-6). Durante algún tiempo se consideró esta aseveración como cierta. Luego con la revisión de los materiales arqueológicos hallados hasta el momento tomó cuerpo un cierto escepticismo, hasta que nuevos hallazgos (Fernandez, Gómez Bellard, Gurrea Barricate: 1984; Fernández: 1985) y una nueva valoración de los datos procedentes de excavaciones antiguas (Hachuel y Mari: 1988) confirman la antigüedad de la fundación aunque parecen contradecir su procedencia (Barceló: 1985).

Así, recientes descubrimientos arqueológicos han confirmado la existencia de una temprana presencia arcaica fenicia en Ibiza (Costa Ribas: 1986; Ramón: 1988 y 1991: p. 137; Gómez Bellard: 1993) aunque, de acuerdo con el tipo de materiales encontrados, más vinculada a la población fenicia de las colonias del denominado Círculo del Estrecho que a la propia Cartago. En mi opinión no debe ponerse en entredicho por ello la noticia de Diodoro; por un lado porque en aquellas fechas el registro arqueológico de Cartago no se distingue aún tan netamente como más adelante del de los restantes establecimientos fenicios occidentales, y por otro creo que una colonización conjunta procedente de Fenicia y de la misma Cartago en tiempos, no lo olvidemos, de las invasiones asirias es perfectamente plausible. Otra opción sería considerar que Ibiza fue fundada desde algún asentamiento occidental, Gadir p. ej., a fin de impulsar la penetración del comercio fenicio en el levante, utilizando para ello fenicios llegados de Oriente que previamente habían alcanzado Cartago, donde tal vez no pudieron permanecer debido a la saturación demográfica que como consecuencia de la venida de refugiados orientales padecía aquella ciudad (Wagner y Alvar: 1989: 86 ss).

Antes que Diodoro, otros historiadores y geógrafos habían hecho ya mención de la presencia cartaginesa en el extremo occidental mediterráneo. Así, un periplo atribuido a Escílax de Carandia y que recoge noticias de época arcaica menciona los emporios cartagineses al otro lado del Estrecho. En el siglo IV Éforo (Ps. Scymnos, 196-8) mencionará a los libiofenicios como colonos de Cartago establecidos en el sur de la Península Ibérica. Un poco antes, hacia finales del siglo V, los había mencionado Herodoro (fr. 2) quién los sitúa junto a los tartesios y los iberos, señalando igualmente su carácter de colonos cartagineses. Parece que estos libiofenicios que según otras fuentes compartían derechos civiles con los cartagineses, como por ejemplo el del matrimonio, eran el resultado de la mezcla de poblaciones fenicias y autóctonas en el N. de Africa, y aparecen reflejados arqueológicamente en algunos yacimientos meridionales (López Castro: 1992a, 58).

Timeo (Ps. Aristóteles, De mir. aus., 136) otro griego que escribió a comienzos del siglo III a. C , afirma que el salazón de Gadir era concentrado en grandes depósitos y conducido a Cartago, donde era consumido en su mayor parte y el excedente se enviaba hacia otros puertos del Mediterráneo.

El segundo tratado romano-cartaginés (Polibio, II, 23) fechado en el año 348 a. C. menciona específicamente Mastia Tarseion, que generalmente es aceptada como Mastia de Tartessos, una localidad ibera próxima a Cartagena, como el límite más allá del cual no se permite la navegación, el comercio y la colonización a los romanos y sus aliados. Esto representa una gran diferencia respecto al primer tratado concluido entre Cartago y Roma a finales del siglo VI o comienzos del V a. C. , en el que no figura ninguna referencia a la Península Ibérica ni al extremo occidental mediterráneo en su conjunto, y concuerda así mismo, como veremos, con la información aportada por los datos arqueológicos.

Polibio (I, 10,5), el historiador griego considerado propagandista de los Escipiones, los peores enemigos que Cartago tenía en Roma, alude a la "reconquista" de Iberia por parte de Amílcar Barca, cómo dando a atender una anterior dominación cartaginesa sobre estos territorios. No obstante la noticia de este autor, sumamente vaga por lo demás, es contradicha por la más específica información de Diodoro (XXV, 10, 1-4) sobre las nuevas conquistas de Amílcar "tan lejos como las Columnas de Hércules, Gadir y el Océano".

En el siglo I a. C Ateneo (IV, 9,3) menciona, sin más precisión cronológica, un ataque cartaginés contra Gadir en el curso del cual se habría producido la invención del ariete, noticia que más tarde recogerá Vitrubio (De arch., X, 13,1) autor de la época de Augusto.

Otras fuentes más tardías hablan aún de la presencia cartaginesa en el mediodía peninsular. Justino (XLIV, 5, 3) en su epítome a Trogo Pompeyo, historiador galo-romano de la época de Augusto, menciona a los cartagineses apoderándose del territorio que antes había pertenecido a Gadir y convirtiéndolo en una provincia de su imperio a cambio de haber defendido a la ciudad fenicia de un ataque procedente de sus vecinos. Aún más tarde, Avieno, poeta del siglo IV, con una erudición muy al gusto de la época, comenta en su Ora marítima, una descripción de las costas peninsulares basada en noticias más antiguas, entre las que figurarían "los oscuros anales de los púnicos", como los cartagineses poseyeron ciudades y villas en las tierras situadas a ambos lados del Estrecho de Gibraltar. No obstante, tales alusiones encuentran su réplica en otros testimonios, como aquel de Tito Livio (XXVIII, 37,1) que menciona a Gadir en condición de aliada -socios et amicus- y no de sometida a los cartagineses en los últimos tiempos de la presencia Bárquida en la Península, o el de Diodoro (V, 35-8) que afirma que los iberos explotaban directamente las minas antes de la llegada de los cartagineses con Amílcar.

Tal escasez de noticias sobre la presencia de Cartago en la Península Ibérica ha sido interpretada generalmente en términos de una conquista de la misma por parte de los cartagineses, quienes habrían impedido además la llegada de otros navegantes mediterráneos bloqueando las rutas comerciales en el Mediterráneo occidental y cerrando a la navegación el Estrecho, lo que a su vez explicaría que sólo fuentes tardías, posteriores a la "liberación" de la Península por los romanos, se hicieran eco de tales acontecimientos. Sin embargo es posible una interpretación de signo distinto, según la cual la escasez de noticias obedece en realidad a una similar escasez de acontecimientos, por lo que los hechos a que aluden las fuentes tardías habría que ubicarlos en el contexto de la presencia de los Bárquidas, generales de Cartago, en la Península tras la Primera Guerra Púnica y los años posteriores. Cual de estas dos interpretaciones es la más cercana a los hechos históricos es algo en lo que nos puede ayudar la Arqueología.

IV. Cartago y la P. Ibérica según los testimonios arqueológicos.
Parece que existe común acuerdo entre los investigadores en aceptar que no disponemos de traza o vestigio alguno de cualquier tipo de actividad de envergadura realizada por Cartago en la Península hasta bien entrado el siglo VI a.C. (Tsirkin, 1979: 556; Barceló: 1988, 26 ss), algo que por otra parte encaja con lo observado también en otros lugares del Mediterráneo, como Sicilia, Cerdeña o el litoral norteafricano. A partir de esa fecha la presencia de Cartago se detecta en el cambio cultural que se percibe en la introducción de ciertas novedades arqueológicas.

Estas novedades se advierten en el terreno funerario por la presencia de hipogeos y tumbas en fosas y cistas de piedra con predominio del rito de inhumación. En el campo de las manifestaciones y cultos religiosos por algunos indicios que sugieren la existencia de un culto a Tanit, la divinidad cartaginesa por excelencia aunque de procedencia también oriental, en Villaricos, Ibiza y tal vez en algunos poblados ibéricos. En relación a las cerámicas cabe destacar la generalización de la cerámica sin barniz rojo y con decoración pintada muy sobria, lucernas más cerradas y pequeñas que las de la fase arcaica. También es observable la aparición de objetos característicos de ambientes cartagineses: cáscaras de huevo de avestruz, pebeteros, máscaras, amuletos, joyas y objetos de pasta de vidrio coloreada, todos ellos con correspondencias tipológicas precisas en Cartago y el Mediterráneo central, y que en la Península Ibérica se distribuyen sobre todo por las zonas del Sudeste y Levante meridional (Aubet, 1986; Wagner, 1989: 150-1; López Castro, 1991b: 88).

No obstante todas estas presumibles importaciones cartaginesas son cuantitativamente escasas antes de finales del siglo V a. C., lo que se advierte de forma significativa en la cerámica y sobre todo las ánforas, que por su carácter de contenedores indican con mayor precisión las conexiones comerciales y sus implicaciones económicas, mientras que por el contrario cerámicas y ánforas fabricadas en Ibiza y tipológicamente distinguibles de las propiamente cartaginesas, están bien representadas (Ramón, 1981: 40-3). Así mismo los recipientes fabricados con huevos de avestruz, que después de Cartago aparecen en su mayor abundancia en la Península, se concentran sobre todo en Ibiza y Villaricos, y sólo esporádicamente aparecen de forma aislada en otros lugares como Toscanos o La Joya. Este horizonte arqueológico encaja bastante bien con lo observado en la propia Cartago (Astruc: 1964; Peacok: 1986) donde las ánforas y otros objetos procedentes de la Península no están presentes en una proporción significativa antes del año 400 a. C.

Toda esta documentación arqueológica, aún deficientemente sistematizada, permite afirmar que a partir de la segunda mitad del siglo VI a. C. hubo cartagineses viviendo en fundaciones fenicias arcaicas, como la misma Gadir, Toscanos-Cerro del Peñón (necrópolis de Jardín), Sexi-Almuñecar, Baria-Villaricos y, por supuesto, la misma Ibiza, y que lo siguieron haciendo durante los siglos siguientes, lo que no tiene porque significar nada muy distinto de la presencia de los mismos comerciantes cartagineses viviendo en lugares como Atenas, Corinto, Siracusa o Caere, lugares donde también están atestiguados. En cualquier caso las actividades de aquellos comerciantes no parecen apoyar la idea de que Cartago se encontrara fuertemente involucrada en el comercio y la colonización en el extremo occidente, habida cuenta de la escasez de vestigios señalada.

Una cierta implicación cartaginesa se advierte también, en algún detalle arqueológico, en el reordenamiento de la población semita colonial de la costa mediterránea andaluza que se produce durante la segunda mitad del siglo VI, dando lugar a la transformación del tipo de asentamiento en emporios contiguos situados a escasa distancia en auténticas ciudades cómo Malaka, Sexi o Abdera (Gran-Aymerich, 1988). La mayor concentración de la población y la creciente densidad demográfica podrían estar también en parte relacionada con la llegada de colonos libiofenicios a los que, como hemos visto, aludían algunas de nuestras fuentes y de los que presumiblemente existe cierta evidencia arqueológica (López Castro, 1992a: 57ss ).

Pero no es hasta finales del siglo V y sobre todo durante el siglo IV cuando las importaciones cartaginesas comienzan a llegar a la Península con mucha mayor abundancia, lo que se percibe también, además del SE y levante, en los asentamientos ibéricos de la costa catalana (Sanmartí: 1987, 124) si bien continua el predominio de aquellas procedentes de Ibiza, la cual experimenta ahora un auge que también se advierte en otros lugares como Villaricos y Almuñecar. Seguramente la colonización agrícola de la isla, llevada a cabo durante el siglo V a. C. (Ramón: 1984; Gómez Bellard: 1985) tuvo bastante que ver al asegurar las condiciones productivas y comerciales necesarias. Así mismo coincide todo ello con el tratado romano-cartaginés del 348 a. C. (Scardigli, 1991: 89 ss), el primer documento en el que se manifiestan con claridad los intereses de Cartago en esta parte del Mediterráneo. Coincide igualmente con la emisión de las primeras monedas cartaginesas empleadas para pagar a las tropas mercenarias que luchaban en Sicilia, acuñadas muy probablemente con plata procedente de la Península, y también con el papel central que desempeña ahora Cartago como redistribuidor de las salazones procedentes de las factorías ubicadas a ambos lados del mar en el lejano occidente (Wagner, 1989: 152). Este auge de Cartago que llega a su culmen durante el siglo IV no hay que explicarlo acudiendo a causas externas. La respuesta se encuentra en la propia Cartago cuya expansión durante el siglo V a.C la permitió adquirir un territorio africano administrativamente ligado a la ciudad (Lancel: 1994, 240), cuyas rentas pudieron entonces ser empleadas por la nobleza oligárquica cartaginesa para impulsar su presencia en ultramar La cuestión estriba ahora en establecer la naturaleza y el carácter de dicha presencia.

Arqueológicamente no poseemos dato de ningún tipo que permita defender la hipótesis de una implicación militar cartaginesa en la Península por aquellas fechas con cierta verosimilitud (Blázquez: 1992, 62). Tampoco es posible atribuir a los cartagineses la destrucciones detectadas arqueológicamente de muchos poblados ibéricos, cómo en alguna ocasión se ha pretendido, ya que cronológicamente se extienden a lo largo de un periodo tan amplio y por tan diferentes zonas del sur y el levante peninsular que no es posible conectarlas entre sí, por lo que debemos rechazar la hipótesis de una causa común.

Por otra parte se ha señalado en más de alguna ocasión las analogías observadas en la construcción de toda una serie de pequeños recintos fortificados, torres o atalayas, que se extienden por la Alta Andalucía (campiñas de Córdoba y Jaén) con la arquitectura militar púnica y torreones similares conocidos en el N. de Africa y Cerdeña. De acuerdo a esta interpretación constituirían el reflejo arqueológico de las famosas "torres de Aníbal" citadas por nuestras fuentes en el marco de la Segunda Guerra Púnica (Blázquez: 1992, 215-6). Como su cronología oscila, en algunos casos, entre el siglo V y el III se atribuyeron las más antiguas a una presencia cartaginesa anterior a los Bárquidas. No obstante no han podido ser asociadas a ningún objeto (cerámicas, armas...) de procedencia cartaginesa ya que ningún vestigio de esta índole se ha encontrado en ó cerca de las mismas, que señalan por el contrario una ocupación típicamente ibérica, e incluso romana (Arteaga et allí: 1989) Tal vez por todo ello resulte más prudente considerarlas como la expresión de la formación de territorios políticos en el ámbito de los procesos de evolución histórica que afectan a los pueblos ibéricos (Ruiz y Molinos: 1993, 142). Que en sus técnicas constructivas se halla podido imitar en algunos de ellos modelos púnicos no implica sino el acercamiento entre la aristocracia local, los gobernantes autóctonos de los poblados fortificados de que dependen las atalayas, y los colonizadores cartagineses de la costa. No obstante este acercamiento se ha podido producir en el marco de pactos, alianzas e intercambios desiguales, y no necesariamente de una sumisión impuesta por la fuerza de las armas de la que no se encuentran testimonios que la avalen.

Así mismo, los paramentos púnicos de la muralla de Carmona, que también se aducen como una prueba de la soberanía territorial cartaginesa, pueden corresponder perfectamente a los tiempos de la Segunda Guerra Púnica, habida cuenta de que su reutilización impide establecer con exactitud el momento en que tales muros fueron construidos. Otro tanto cabe decir de los vestigios púnicos detectados en la muralla hispano-musulmana del Alcázar de Sevilla (cfr: López Castro: 1991a, 77).

A este respecto la ausencia de testimonios numismáticos como los que conocemos en Sicilia es particularmente significativa. La ausencia de monedas similares a las empleadas desde finales del siglo V a. C. para pagar a las tropas en Sicilia solo puede implicar estas cuatro cosas:
1) una cuestionable contingencia nos ha impedido encontrarlas
2) las tropas utilizadas por los cartagineses en la Península eran
retribuidas de otra forma.
3) los cartagineses subyugaron gran parte de la Península sin apenas
emplear tropas
4) realmente no llegaron a conquistarla hasta la época de los Bárquidas
tras la primera guerra púnica, cuando precisamente comienza a pro-
producirse la acuñación de monedas.

Por todo ello no parece posible atribuir a la presencia cartaginesa en la Península y Baleares anterior a la llegada de Amílcar Barca un carácter de imperialismo territorial, de dominación directa como la que pretende recientemente Trochetti (1988) para Cerdeña. Al igual que ha sido observado en esta isla del Mediterráneo (Morel: 1986), en la que se documenta una convivencia de elementos pertenecientes al ámbito cultural púnico, griego y etrusco, además de sardo, otro tanto cabe decirse de Ibiza y también de Villaricos, donde los testimonios procedentes de la cercana necrópolis indican que las comunidades púnica e ibera que compartieron el asentamiento indican la ausencia de una aculturación forzada por el elemento cartaginés o de una relegación del ibérico a la periferia (Chapa, e.p.) como sería propio de un sistema imperialista de dominación territorial.


V. Conclusiones:
La presencia cartaginesa en la Península y el extremo occidente en general no parece haber sido predominante ni significativa en el temprano periodo de la colonización fenicia arcaica. Sin duda alguna hubo contactos que no parecen intensos y es aceptada la presencia de cartagineses residiendo en lugares como Gadir, Toscanos, Almuñecar, Villaricos o Ibiza desde finales del siglo VI. a. C. Una posterior conquista cartaginesa que precediera a las campañas militares de los Bárquidas parece también poder descartarse en base a los datos literarios y arqueológicos de que disponemos.

No existe un solo establecimiento colonial, salvo los posibles asentamientos de carácter agrícola atribuidos a los libiofenicios, cuya fundación pueda serle imputada en exclusivo a los cartagineses. Tal es el caso de Ibiza, que ante los últimos descubrimientos arqueológicos, parece más bien una empresa conjunta de fenicios orientales que huyendo de las invasiones asirias habían pasado algún tiempo en Cartago y sus hermanos occidentales del Círculo del Estrecho estructurado en torno a Gadir, a fin de aprovechar un nuevo potencial humano para profundizar la irradiación fenicia sobre Levante y Cataluña, dinamizando el comercio en esas regiones. En la isla la presencia cartaginesa sólo parece haberse producido a partir de la segunda mitad del siglo VI a. C. (Barceló: 1984-5: 76 ss Ramón: 1991, 143), mientras que en Mallorca es todavía posterior y siempre dependiendo de Ibiza (Guerrero: 1984, 1991 y 1993). Otro tanto cabe decir de lugares como Almuñecar (Granada), la antigua Sexi, y de Villaricos (Almería), la antigua Baria, que han proporcionado un horizonte arqueológico que las vincula a la fundación de los asentamientos fenicios arcaicos en el curso del siglo VIII (López Castro: 1991a, 80; 1991b: p. 103 n. 8), aunque más tarde recibieron, como se ha dicho, un significativo aporte de población cartaginesa.

Tal, más que la fundación de colonias propias, parece constituir una de las características más sobresalientes de toda la actuación de Cartago en el Mediterráneo, repoblar, siguiendo una tradición que aparece como consolidada en nuestras fuentes en Sicilia, Cerdeña, Malta y la P. Ibérica y Baleares los antiguos lugares fenicios, engrandeciéndolos en tamaño e importancia pero sin someterlos por ello a una dependencia política directa. Así parece haber sucedido también en Ibiza, donde la colonización agrícola del interior debió obedecer a la llegada de nuevas gentes desde finales del siglo VI, como sugieren los datos arqueológicos, lo que posibilitó el auge comercial de la isla. Esta ausencia de una implantación colonial cartaginesa anterior a la primera guerra con Roma, el no disponer de sus propias colonias a pesar del intenso comercio realizado desde finales del siglo V a. C., explicará la importante actividad posterior de los Bárquidas en este sentido, con la fundación de Akra Leuke y Cartago Nova. También en consecuencia la influencia cultural de procedencia estrictamente cartaginesa sobre las poblaciones locales no fue muy grande, en contraste con el influjo de origen fenicio occidental. Ello se percibe de alguna manera en las pervivencias que caracterizan el periodo romano posterior, menos densas y duraderas en el SE, área tradicionalmente considerada bajo el influjo de Cartago (Tsirkin: 1985, 259).

En esta zona la existencia de algunos elementos arqueológicos (figurillas, pebeteros) sugiere la posibilidad de existencia de un culto a Tanit-Demeter entre algunas poblaciones ibéricas del sureste y levante. Muchos de estos vestigios no son anteriores al siglo IV a. C. y parecen señalar la existencia de un sincretismo con alguna divinidad femenina propia (Pena: 1990 cfr: Olmos: 1988-9), inducido, no tanto desde Cartago, como desde la más próxima Ibiza. La posterior difusión de las monedas ebusitanas corresponde con exactitud a los lugares donde tales vestigios de un posible culto a Tanit se han hecho evidentes y viene a reforzar esta hipótesis. No obstante conviene ser cautos ya que una valoración descontextualizada de la iconografía de todas estas piezas puede inducir a errores. Así no faltan los partidarios (Blázquez: 1992, 58 y 469) y detractores (Lipinski: 1988-90, 221) de ver en bronces votivos ibéricos de los siglo V y IV a. C. que representan figuras femeninas ricamente adornadas, tocadas con una gran tiara y los brazos extendidos hacia delante en el gesto habitual de la sacerdotisa, en las "damas" ibéricas (de Baza o de Elche) representaciones de la diosa cartaginesa. Por otra parte los Smitting Gods que están ausentes del territorio de Cartago y el norte de Africa están en cambio bien representados en estos territorios (Bisi:1986) supuestamente sometidos a la dominación cartaginesa.

De todo lo expuesto se puede concluir que los cartagineses controlaron las riquezas del extremo occidental mediterráneo que les interesaban, plata, hierro, salazones, y otras más lejanas, púrpura, estaño, mediante un sistema de alianzas con las ciudades fenicias preexistentes y con las comunidades autóctonas, esencialmente ibéricas, que habitaban en los territorios donde tales riquezas se localizaban. Alianzas desiguales, por supuesto, dada la importancia de Cartago y su papel de potencia marítima en el Mediterráneo, pero que hacían innecesarias las guerras de conquista, mucho más costosas por otra parte. Así, Gadir conservó su status casi independiente hasta finales de la Segunda Guerra Púnica. Un sistema de hegemonía marítima y control indirecto en vez de soberanía territorial que no podemos detectar en modo alguno. Una epikrateia (Wagner: 1986, 155 ss; López Castro: 1991a, 78; Scardigli: 1991, 167) en vez de un imperio territorial.


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