El comercio y la colonización: los modos

III. 1- Las estrategias del comercio y la colonización: El intercambio desigual.
Aunque el comercio y la colonización parecen en principio fenómenos distintos, que no siempre ajenos, ambos tuvieron en los procesos históricos que nos ocupan múltiples implicaciones, penetrando el uno en el otro y viceversa. La colonización abrió nuevas perspectivas al comercio que a su vez podía llegar a necesitar para afianzarse de la colonización. La propia forma en que se desarrollaba el comercio incidía muchas veces en la diversidad de implantación colonial, ya que se trataba, cuando la magnitud de los intercambios lo requería, de un sistema caracterizado por la máxima aproximación posible de los centros o factorías en que se elaboraban las manufacturas y los otros productos objeto de intercambio a los lugares en que éste se llevaba a cabo, a fin de incrementar los beneficios obtenidos de las transacciones, lo que no se lograba mediante una política de precios, sino eliminado, como se ha dicho, en la mayor medida posible, las distancias intermedias. Tal fue, por ejemplo, el carácter de la penetración púnica en el norte de Africa dinamizada por Cartago (López Pardo: 1987, 208 y 342ss) y a tal respondió la aparición de toda un serie de factorías fenicias sobre el litoral mediterráneo de la Península Ibérica (Wagner: 1988, 424 ss). Todo ello se debió ver, por otra parte, favorecido por el hecho de que en el momento de iniciarse los intercambios las unidades político-territoriales de los pueblos que llamamos autóctonos eran en muchos casos de magnitud reducida, no superando en ocasiones las dimensiones locales y comarcales, lo que facilitó también la posición preeminente de los colonizadores, menores a veces en número pero más organizados y en disposición de una tecnología más compleja, a la hora de establecer los pactos y las alianzas que regulaban los intercambios.

En el mundo antiguo, el intercambio desigual constituyó una actividad comercial que se sustentaba en un notorio grado de desequilibrio en las relaciones mediante las que miembros especializados (mercaderes) de una cultura compleja y poderosa tecnológica y organizativamente obtenían materias primas y otros recursos de los miembros de una cultura más simple y menos poderosa, a cambio de manufacturas y otros artículos cuyo coste social de producción era entre los primeros escaso. Lo que define el intercambio desigual (Enmanuel: 1972; Amín: 1986) es la situación descompensada en la que la parte económica, tecnológica y organizativamente más avanzada, en términos convencionales, consigue grandes cantidades de materias primas a cambio de un modesto volumen de manufacturas y objetos exóticos, como consecuencia precisamente de la diversa escala de valores en uso en ambos polos del sistema de intercambios (cfr: López Pardo: 1987, 410; Liverani: 1988, 153). Precisamente es la parte más avanzada la que lleva la iniciativa y la que se desplaza lo que contribuye a potenciar su protagonismo. Se trata pues de un contexto en el que las relaciones se establecen en un plano de desigualdad y desproporción que favorece a los miembros de la cultura más compleja y especializada, que es la que domina y regula los intercambios, y en el que se configuran como elementos clave la mencionada dependencia tecnológica, así como las diferencias de valor (que no de precio), en coste social de producción, de lo que se intercambia entre sistemas socioeconómicos esencialmente distintos.

Ahora bien, de acuerdo con la crítica realizada por Meillassoux (1977, 131 ss), la parte que obtiene el beneficio no se está tan sólo aprovechando de las mencionadas diferencias en costes sociales de producción, sino que, precisamente por ello, el intercambio desigual encubre una realidad de sobre-explotación del trabajo, que se articula en la transferencia entre sectores económicos que funcionan sobre la base de relaciones de producción diferentes. En este contexto el modo de producción propio de las poblaciones autóctonas, al entrar en contacto con el modo de producción de los colonos queda dominado por él y sometido a un proceso de transformación. La contradicción característica de tal transformación, la que realmente la define, es aquella que toma su entidad en las relaciones económicas que se establecen entre el modo de producción local y el modo de producción dominante, en las que éste preserva a aquél para explotarle, como modo de organización social que produce valor en beneficio del colonialismo, y al mismo tiempo lo destruye al ir privándole, mediante la explotación, de los medios que aseguran su reproducción.

La evidencia arqueológica nos proporciona muestras significativas de la práctica de un intercambio desigual por doquier en el Mediterráneo antiguo. Piénsese como ejemplo en las cerámicas micénicas de Chipre, en los vasos griegos y etruscos hallados en el litoral norteafricano y francés o en las ánforas fenicias encontradas, junto con otras manufacturas "orientalizantes," en el mediodía y levante de la Península Ibérica. Todo este registro arqueológico pone de manifiesto como las cerámicas, así como el aceite, vino y perfumes constituían el grueso de las "mercaderías" que los comerciantes y colonizadores extranjeros destinaban a las gentes que habitaban los territorios en que abundaban los recursos (metales, madera...) que ellos buscaban, mientras que los productos más elaborados (marfiles, joyas, etc) eran destinados en mucha menor cantidad a las élites locales con las que trataban. Este intercambio desigual, latente en el comercio de índole aristocrática, se desarrolla alcanzado su plenitud en el comercio de tipo empórico. El contexto colonial no hace, por otra parte, sino institucionalizarlo.

III. 2- La dinamización de los intercambios.
El comercio antiguo, como el actual, precisaba dinamizar los intercambios a fin de mantener/incrementar los beneficios. Sin embargo, los medios empleados a tal fin diferían notablemente de los utilizados en nuestra moderna economía de mercado. La estrategia básica consistía en atraer el interés de las élites locales hacia los fines perseguidos por el comerciante o colonizador. Puesto que el fin perseguido no era colocar en un mercado externo los excedentes de una sobreproducción propia, sino obtener materias primas y productos raros u "exóticos" a bajo costo, las elites locales eran los grupos sociales idóneos por ser los más capacitados para tratar con los comerciantes y para organizar la producción que satisfaciera la demanda comercial/colonial. A fin, por tanto, de dinamizar los intercambios e incrementar su cuantía, era preciso aumentar el número de "socios", entiéndase grupos elitistas, implicados lo que a la larga terminaba por conllevar una penetración hacia otros territorios ampliando así el círculo controlado por los comerciantes y/o colonizadores.

Una estrategia tal podía plasmarse de diferentes formas. La integración de artesanos y mercaderes en una comunidad autóctona, residiendo junto a la población local parece haber sido particularmente efectiva a fin de preparar el terreno para relaciones ulteriores de tipo empórico. Tal es lo que puede sospecharse del análisis de los datos arqueológicos procedentes del sur de Francia (Nickels: 1983, 418 ss) o de la península salentina (D'Andria: 1983, 293) y algo similar ocurre con la presencia de artesano griegos en los centros etruscos e ibéricos, o de artesanos fenicios en asentamientos como la Peña Negra/Herna (González Prats: 1987, 112 ss), y púnicos en algunos contextos autóctonos del N. de Africa como Kuass o Banasa (López Pardo: 1987, 337 ss). Desde una perspectiva diacrónica se podría pensar en un segundo momento o fase en que se multiplican los contactos y los intercambios, quedando así superadas las relaciones esporádicas propias de una frecuentación "precolonial" o de los viajes aristocráticos. De esta forma los productos externos comenzaban a insertarse en la vida local. En esta línea, y en una escala diferente, la presencia de estos artesanos fenicios o griegos en un contexto de población autóctona revela similitudes con la capacidad de muchas tiranías griegas y etruscas de insertar a los extranjeros, sobre todo artesanos cualificados, en el seno de la comunidad local. En muchas partes las poblaciones autóctonas se hallaban estructuradas en sistemas centralizados de prestigio, también denominados jefaturas complejas (Wagner: 1990), en donde la élite, incipiente o más desarrollada, dispone ya de la capacidad para imponer un esfuerzo productivo, más allá de la simple subsistencia y de las necesidades sociales y ceremoniales habituales, que se transforma en excedente, del que precisamente se produce la apropiación por medio del comercio con los extranjeros (Gudeman: 1981, 256).

La aportación de medios suntuosos y simbólicos a la elite local que desde entonces actuaba de común acuerdo con los comerciantes/colonizadores constituía otra estrategia definida, a menudo muy directamente vinculada con la anterior. De esta forma, la elite local quedaba insertada en la jerarquía colonial aunque en una posición subordinada respecto a los grupos de poder y decisión de aquella. Las relaciones de filia y cenia, propias del mundo aristocrático, adquirían entonces una gran importancia, sellándose por lo común el acercamiento con matrimonios entre los miembros de las elites respectivas, lo que creaba vínculos que eran utilizados como instrumentos de tales relaciones, respondiendo a finalidades y objetivos múltiples: adquisición de prestigio, lazos de solidaridad, dependencia, subordinación (Nenci y Capaldi: 1983, 586, 592 ss y 600). En un ambiente como aquel, las copas de dos asas (skyphoi ) griegas y etruscas que encontramos en muchas necrópolis autóctonas pueden servir como testimonio arqueológico de tales relaciones, dado su carácter de elemento esencial en los vínculos de hospitalidad que regulan el trato con los extranjeros (Gras: 1986, 352 ss) en los que el ritual de la bebida invoca la presencia protectora de los dioses.

Por otro lado, el comercio lejano -aunque se llegue a dar la proximidad física y permanente de los comerciantes, que se constituyen en grupo privilegiado en la estructura colonial- desempeñaba un importante papel en el sostenimiento del sistema económico local sometido a explotación colonial, al proporcionar una forma de "realizar" el excedente (Terray: 1975: 123 ss) acumulado por las elites de cada lugar, si bien tal comercio, en apariencia dinámico, posiblemente no hiciera otra cosa que mantener el sistema tal como era, reforzando la estructura de autoridad que ya estaba creada con la adquisición de bienes de prestigio o de bienes necesarios para controlar a los productores del excedente (Gudeman: 1981: 256). En consecuencia, las elites autóctonas pasaron a depender cada vez en mayor medida de los bienes de prestigio que aportaban los colonizadores y los comerciantes para poder seguir practicando en el seno de sus comunidades una redistribución marcadamente inequitativa que revertía en beneficios económicos, amén de sociopolíticos, al permitirles apropiarse del excedente en forma de trabajo invertido en la obtención del los recursos demandados por los comerciantes y colonizadores extranjeros, al ocupar ellas mismas una posición clave en el funcionamiento del sistema redistributivo.

En un contexto de mayor desarrollo de la presencia colonial, el disponer de elementos de organización que jalonaran las rutas comerciales llegó a constituir un tercer tipo de estrategia. Un buen ejemplo lo representa el yacimiento "orientalizante de Cancho Roano" que ha suscitado una notable atención (Almagro Gorbea y Domínguez: 1988-9; López Pardo: 1990: Guerrero: 1991; Gran-Aymerich: 1992). Se trata de un "edificio de prestigio" con paralelos arquitectónicos orientales que ha proporcionado lo que se consideran pruebas arqueológicas de una actividad económica diversificada (agricultura, alfarería, tejeduría...) unida a la importación y manufactura local de grandes contenedores (ánforas) de tipo fenicio y de otros vasos más pequeños pero más elaborados y de una utilidad diferente (kilix áticas e imitaciones). Dichas pruebas, junto a la ubicación del yacimiento en uno de los extremos del eje fluvial formado por el Ortigas y el Ciganchas, afluente este último del Guadiana, que cuenta con la presencia del sitio orientalizante de Medellín en el otro extremo, confirmaría una situación geoestratégica propia de un centro redistribuidor y dinamizador del comercio con el interior. Por ello la discusión sobre su carácter gira en torno a si se trataba de un palacio local o de un santuario, discusión que obvia otra posibilidad no menos significativa, la de que actuara como estafeta en el eje del corredor comercial.

III. 3- La regulación de los intercambios (la cuestión del mercado y la oferta/demanda). Transacciones pactadas, comercio administrado.
Es imposible, como se ha visto, hablar del comercio en la Antigüedad sin traer a colación la tan debatida cuestión del mercado y la oferta-demanda. Su existencia parece probada, pero no obstante debe entenderse que no constituían factores que regularan los precios ni garantizaran las ganancias. Lo que equivale a hablar efectivamente de unos mercados muy localizados y de un intercambio limitado a productos muy específicos y a sectores sociales definidos. La presencia de la moneda, más antigua entre los griegos que entre los fenicios, ha sido también invocada en ocasiones como "prueba" de un comercio en el que la circulación libre de dinero adquiría importancia en los comienzos de una economía monetaria. No obstante, parece bastante probable que la aparición de la moneda tuvo unos significados extraeconómicos, sociales y políticos, en el marco del desarrollo de las relaciones sociales y de la definición de valores que implicaba la aparición de sentimientos cívicos y de emblemas con los que se pueden identificar. La moneda hizo su aparición como una aparente perpetuación de los valores de "prestigio", del blasón y de la "profusión" aristocrática muy pronto transformada en mero instrumento "político" y del progreso normativo de la comunidad cívica (Lepore: 1982, 228). En cualquier caso, la circulación de bienes y monedas en general no coincide, ni en ámbito local, por la ausencia de denominaciones menudas en la acuñación que realizan muchas ciudades, lo que implica que tales monedas no estaban destinadas a los intercambios, ni fuera de su área de emisión, donde son raras, por lo que el comercio de amplio radio no habría sido un factor determinante en la creación de la moneda (Austin y Vidal-Naquet: 1986, 64 ss).

El comercio, en contextos como aquellos, era una relación exclusiva con una parte externa específica, estableciéndose casi siempre de antemano y con exactitud quién intercambia con quién. De esta manera son las relaciones sociales y no los precios los que conectan a los "compradores" con los "vendedores" (Sahlins: 1977, 319 ss). Por supuesto que había beneficios, pero estos estaban basados en la diferencia de valores subjetivos (utilidades sociales) apreciados desigualmente en sociedades distintas que intercambiaban productos raros cuyos costes sociales de producción ignoraban o no compartían, y no deben confundirse con la ganancia de capital comercial (Amín:1986, 24). Ya que en muchas ocasiones se trataba además de un intercambio desigual los beneficios no afectaban por igual ni se distribuían de igual forma entre las partes implicadas. Los comerciantes mediterráneos, griegos, fenicios, etruscos, etc obtenían un buen provecho al intercambiar vino, aceite, cerámicas y otros objetos y productos elaborados por plata, cobre, estaño o hierro con las poblaciones autóctonas del lugar. Entre éstas eran las elites locales quienes se beneficiaban particularmente de los productos e innovaciones puestos a su alcance por el comercio, lo que podía llegar a convertirse en un instrumento de control del que antes carecían sobre el resto de la población. Si bien es cierto que pudo haber existido competencia por el volumen del comercio externo, y que de hecho los sistemas internos de prestigio de las sociedades aldeanas jerarquizadas descansan a menudo sobre ella, tal competencia no surge como una manipulación de los precios u otros procedimientos similares, sino que suele reposar sobre el aumento de los "socios" externos o del volumen del comercio ya existente (Sahlins: 1977, 322).

Tal situación es la propia del comercio empórico. El caso colonial presenta una problemática similar aunque más elaborada. Como ya se dijo, es preciso regular de antemano las condiciones que todos deberán aceptar y establecer las oportunas garantías de limpieza y seguridad en las transacciones. Como por ambas partes lo determinante era la necesidad de obtener productos y bienes lejanos, y no de dar salida en un mercado exterior a un exceso de producción propia, en principio todas las partes implicadas se mostraban dispuestas a cumplir tales condiciones. Fue la necesidad sobre todo de importar trigo (y metales) la que estimuló el comercio griego arcaico y la producción de manufacturas en contrapartida. El término comercio administrado (Polanyi: 1976, 307) define bien este conjunto de prácticas que son más del genero político y diplomático que del económico. Al menos, en el sentido que actualmente concebimos la economía. Este comercio administrado se organizaba por disposiciones que emanaban de los centros oficiales y las autoridades públicas (templos, palacios, gobiernos) y en él, las equivalencias, que venían a sustituir a los precios, se encontraban reguladas por medio de disposiciones legales. Las mismas autoridades que establecían las equivalencias, garantizaban mediante pactos y tratados el libre acceso de los mercaderes a los lugares donde se realizaban los intercambios, así como la limpieza en las transacciones que solían efectuarse en presencia de algún tipo de funcionario o magistrado. El mercado, como instrumento regulador de los precios mediante la oferta y la demanda no tenía lugar en este tipo de comercio disposicional, convenido o administrado que fue característico de muchas de las sociedades antiguas.

No existe una palabra que designe al comerciante en el vocabulario micénico, lo que induce a pensar que el tráfico marítimo desarrollado durante el Heládico Reciente haya podido ser organizado y dirigido desde los palacios. La importante presencia de los templos en el contexto de la expansión fenicia (Bunnens: 1979, 283; López Pardo: 1992) como auténticos promotores de la misma confirma el carácter de comercio administrado practicado por los fenicios, por más que se haya querido quitarle importancia económica al templo y resaltar el papel de la iniciativa privada. Allí donde los fenicios tenían intereses comerciales está atestiguada la existencia de uno de sus templos. Aunque, bien es cierto, no debe por ello entenderse que los mercaderes fenicios, pertenecientes a una rica oligarquía que ha dejado huella arqueológica de su status privilegiado (Aubet: 1987a, 271 ss) y a quién en el Antiguo Testamento se denomina como "príncipes" (Isaías, 23, 8), fueran funcionarios adscritos a una jerarquía superior. En muchas ocasiones, en las sociedades antiguas, los límites entre el sector público y el privado son imperceptibles o no se encuentran bien definidos, lo que posibilitaba que unas mismas personas pudieran actuar en ambas esferas simultáneamente. El comerciante y el mercader eran frecuentemente particulares que podían aprovechar sus privilegiada situación para enriquecerse, pero no sólo actuaban por iniciativa propia. Es más, sin la cobertura proporcionada por las instituciones difícilmente hubieran podido hacerlo.

En el ámbito griego el comercio de tipo empórico parece haberse regido así mismo por pactos y tratados. Pero entre los griegos el papel de los templos y santuarios fue distinto al que desempeñaron entre los fenicios. No los encontramos como promotores de la iniciativa comercial, que en la Hélade fue más bien de índole aristocrática, sino en los momentos críticos, en los que los grandes santuarios desempeñaron un papel apaciguador, y colaborando a la vez en la planificación de la expansión colonial, que fue producto simultáneo del crecimiento y de la crisis agraria de época arcaica (Plácido: 1989, 42). La costumbre de agradecer los éxitos de un viaje haciendo una ofrenda en un santuario y la de consultar un oráculo previo a la expedición colonial llegó a significar un acopio importante de información por parte de algunos templos, de la que se podía disponer a la hora de acometer la fundación de una nueva colonia. Es así como Delfos, vinculado al oráculo de Apolo y emplazado estratégicamente en su relación con Corinto se convirtió, ya en el siglo VII a.n.e., en una etapa más del proceso que había que seguir para fundar una colonia, como consecuencia de la frecuentación de que fue objeto durante al segunda mitad del VIII, dado el conjunto de información que llegó a poseer (Domínguez Monedero: 1991, 113).

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