Elites, parentesco y dependencia en Tartessos


Publicado originalmente en:
Las edades de la dependencia, Madrid, 2000 (Ed. Clásicas) pp. 321-347.

El renovado interés por las sociedades iniciales de clase y por el modo en que se manifiesta la desigualdad en las sociedades no clasistas ha proporcionado una apreciable coincidencia en asignar a la apropiación del trabajo ajeno un papel relevante en la formación de las primeras sociedades de clase, mientras la comunidad permanece como propietaria objetiva de los medios básicos de producción. Esta apropiación puede realizarse de diversas formas. Una, mediante la tributación. Así, se ha argumentado que el paso del Neolítico a la Edad del Bronce en la Europa Occidental correspondió a la necesidad de preservar los trabajos realizados por las comunidades domésticas, con lo que surgió una clase guerrera con entrenamiento y equipo especializado que podía extraer producto de la producción de las unidades domésticas como pago por la protección ante ataques de otras unidades domésticas guerreras.

La tributación junto a la persistencia de la propiedad comunitaria de la tierra ha sido también detectada como característica propia de muchos de los Estados primitivos y arcaicos. Igualmente, se ha señalado, como el parentesco puede ser utilizado para recompensar prestaciones políticas y económicas que acaban generando poder en determinadas personas, y como el intercambio de mujeres y regalos en sociedades de parentesco puede convertir los círculos igualitarios de matrimonio en una jerarquía de linajes de dan mujeres y linajes que reciben mujeres, reagrupados en círculos de “aliados” capaces de satisfacer un similar “precio de la novia”, generando al mismo tiempo dependencia. En tales circunstancias el poder y la capacidad de movilizar el trabajo ajeno a menudo derivan no del control directo de la producción, sino del control indirecto de la reproducción.


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La atención prestada a las características propias de la desigualdad en las sociedades no clasistas, incidiendo en quienes son los explotados y como se produce su explotación, al insistir una vez más sobre las relaciones de producción que en este caso se manifiestan predominantemente en el seno de la comunidad doméstica en unas relaciones que no son de clase, despeja el camino para comprender las condiciones objetivas en que se produce la apropiación originaria, el modo y las circunstancias en las que las relaciones originarias de producción articuladas por el parentesco se transforman en relaciones sociales de producción.

La problemática.
Desde que Schulten escribiera su célebre monografía se ha impuesto mayoritariamente la concepción de Tartessos como la de una sociedad especializada y compleja, aunque se discute su caracterización política como un “reino”, una sociedad aristocrática que evolucionó desde una base guerrera a otra comercial, o una “jefatura” redistributiva avanzada. Sin embargo, en contraste con esta idea, desde hace algunos años la investigación arqueológica sobre las comunidades del Bronce Final en el S.O de la Península Ibérica ha dado a conocer un tipo de asentamiento muy difundido por el área: el poblado de cabañas, con cerámicas a mano, instrumental productivo de tradición eneolítica y ausencia de especialización funcional, así como asentamientos temporales dedicados a los trabajos mineros.

Llama la atención la ausencia de necrópolis. La única localizada y excavada (Las Cumbres, Puerto de Santa María-Cádiz), pertenece a finales del mismo periodo y al momento un poco posterior en que se produce el contacto entre los autóctonos y los colonizadores fenicios, y muestra una estructura funeraria propia de una sociedad de linajes con muy poca diferenciación social. Se trata de incineraciones en urna bajo túmulo en las que las diferencias de ajuar funerario se perciben por la ausencia de objetos metálicos a medida que los enterramientos se alejan del centro del túmulo, ocupado por el ustrinum, y que corresponden a varones jóvenes, mujeres y niños. Se halló asociado al túmulo principal un túmulo secundario, cuyo centro lo ocupa una incineración con ajuar abundante rodeada de mampostería circular. Las restantes incineraciones, 14 en total, poseen también ajuares de cierta abundancia.

Este tipo de enterramientos sugiere unas comunidades socialmente organizadas por medio del parentesco, en las que los grupos familiares parecen ser las unidades de producción, y en la que los varones adultos ejercen un poder sobre las mujeres y los varones más jóvenes mediante el control de los matrimonios y las alianzas entre grupos de parentesco y territoriales gracias a la propiedad de bienes de prestigio, reflejo de la riqueza en este tipo de sociedades. Unas comunidades cuyas prácticas funerarias divergen de aquellas del Bronce pleno (inhumaciones individuales en cista), contraste que debemos atribuir probablemente a un cambio social más que a uno cultural.

Las fuentes literarias.
Las fuentes literarias apenas informan sobre el carácter y la legitimidad del poder en la sociedad tartésica, con la casi única excepción de la noticia de Heródoto (1, 163) sobre el basileus Argantonios que tiranizaba en Tartessos:

"Los habitantes de Focea fueron los primeros griegos que realizaron largos viajes por mar y son ellos quienes descubrieron el Adriático, Tirrenia, Iberia y Tartessos. No navegaban en naves mercantes sino en pentecónteras. Y al llegar a Tartessos hicieron gran amistad con el rey de los tartesios, cuyo nombre era Argantonios, que tiranizó Tartessos durante ochenta años y vivió un total de ciento veinte. Pues bien los focenses se hicieron tan amigos de este hombre que, primero los animó a abandonar Jonia y a establecerse en la zona de sus dominios que prefiriesen, y, luego, al no poder persuadirles sobre el caso, cuando se enteró por ellos de como progresaba el medo, les dio dinero para rodear su ciudad con un muro. Y se lo dio en abundancia, pues el perímetro de la muralla mide, en efecto, no pocos estadios y toda ella es de bloques de piedra grandes y bien ensamblados".

La longevidad de Argantonios, convertida en un topos literario (Estrabón, 3, 2, 14; Plinio, 7, 154; Luciano, Macr., 10) que simboliza un reinado próspero y feliz ha sido interpretada por algunos investigadores modernos como prueba de la existencia de una dinastía, de la que no existe dato de ninguna otra clase. Frente al carácter histórico de esta noticia, de la que fácilmente se desprende que la legitimación del poder de Argantonios sobre Tartessos -que en otro lugar Heródoto (4, 152) define como un emporion akératon, seguro por tanto y protegido posiblemente por los mismos tartesios, únicos que pueden dar garantías para que Coleo consiga allí riquezas- es aquella de la fortuna procedente del comercio, la prudencia exige tratar mucho más cautamente testimonios como los representados por los mitos de Gerión y Gárgoris y Habis.

El mito de Gerión, que Etesícoro de Himera sitúa por primera vez en Tartessos a finales del siglo VII a. C., había tenido previamente una localización oriental. Su desplazamiento hacia Occidente obedece a la ampliación de los horizontes geográficos de los griegos motivada por la expansión colonial en el Mediterráneo y el Mar Negro, si bien la influencia fenicia no es desdeñable. Hesíodo (Teog, 287) lo había ya ubicado en la isla Eritía, situada en mitad del Océano. Eritía era también el nombre de una de las Hespérides, y le es dado posteriormente a un tierra próxima al río Tartessos, a una de las islas situadas en las cercanías de Gadir, la colonia fenicia, y a una de las hijas del propio Gerión.

Mucho después Pausanias (X, 17, 5) atribuirá a un nieto de Gerión llamado Norax la fundación de la ciudad de Nora en Cerdeña, de donde procede precisamente una estela con inscripción fenicia fechable en el siglo IX a. C., en la que algunos investigadores leen la palabra Tarsis:

"Después de Aristeo pasaron a Cerdeña los iberos a las órdenes de Norax, y éstos fundaron la ciudad de Nora, la primera que se recuerda hubo en la isla. Norax dicen que era hijo de Eritea, la hija de Gerión, y de Hermes".

El testimonio de Etesícoro nos ha sido transmitido por Estrabón (3, 2, 11):

"Parece ser que en tiempos anteriores llamóse al Betis Tartessos, y a Gades y sus islas vecinas Eriteia. Así se explica que Etesícoro, hablando del pastor Gerión, dijese que había nacido enfrente de la ilustre Eriteia, junto a las fuentes inmensas de Tartessos, de raíces argénteas, en un escondrijo de la peña",

quien en otro lugar (3,5,4) recoge la idea de que había sido la riqueza en pastos y ganados de la zona la que había dado lugar a la localización del mito:

"Para Ferécides parece ser que las Gadeiras son Eriteia, en la que el mito coloca los bueyes de Gerión, más según otros, es la isla situada frente a la ciudad, de la que está separada por un canal de un estadio. Justifican su opinión en la bondad de los pastos y en el hecho de que la leche de los ganados que allí pastan no hace suero".

La posible historicidad del mito de Gerión ha sido ampliamente rechazada, ya que parece claro que se trata de un caso típico de traslado de un mito griego a Occidente20. Gerión se relaciona con las aventuras occidentales de Heracles que a su vez se relaciona con el Melkart fenicio. El Heracles occidental parte del mundo rodiofenicio, posible base de las tradiciones sobre los viajes rodios a Occidente, y la formación del mito tiene lugar en la transición al mundo colonial, cuyas ambigüedades refleja.

Otro mito, no menos controvertido, ha sido preservado por un único autor de época tardía, el epitomista Justino (44, 4) en el resumen que hizo de la obra de Trogo Pompeyo. Según su relato, los tartesios y los curetes habitaban los bosques, siendo uno de sus primeros reyes Gárgoris, que descubrió el aprovechamiento de la miel. Este monarca tuvo un hijo fruto de unas relaciones incestuosas por lo que fue abandonado en el monte, en donde fue amamantado por las fieras. Arrojado al mar, las olas lo devolvieron a la orilla y una cierva lo crió entre sus cervatillos, adquiriendo su agilidad y costumbres. Capturado finalmente por unos cazadores se convirtió, tras ser reconocido por su padre y llamado Habis, en un rey sabio que dio leyes a su pueblo, en las que prohibía trabajar a los nobles, y les enseño a cultivar la tierra con bueyes uncidos al arado:

"...Se le impuso el nombre de Habis y, cuando recibió el reino, fue de una grandeza tal que no en vano parecía salvado de tantos peligros por majestad de los dioses, ya que unió a aquel pueblo bárbaro con leyes y fue el primero que enseño a domar los bueyes con el arado y a buscar el trigo en el surco...prohibió los trabajos serviles y dividió la plebe en siete ciudades. Al morir Habis el reino fue retenido durante muchos siglos por sus sucesores. En otra parte de Hispania constituida por islas, el reino estuvo en manos de Gerión".

El mito, que presenta al personaje de rey civilizador o héroe cultural, frecuente en otros relatos similares, ha suscitado el interés de muchos investigadores. La mayoría, admite su autenticidad, atribuyéndole un origen autóctono, mientras que unos pocos dudan de ella y lo consideran una creación del periodo helenístico. El mito, en cualquier caso describe el origen de una realeza muy antigua y el paso de una sociedad muy simple a otra más compleja. Se trata, de hecho, de un mito que narra el paso del estado de naturaleza a la vida social, por lo que, al margen de su valor simbólico, su valor histórico es muy dudoso, si bien puede resultar de cierto interés la distinción que se establece entre una región de bosques y montes, poblada por tartesios y curetes, y una de islas en la que se sitúa a Gerión, lo que tal vez pueda estar en relación con la dualidad Gadir/Tartessos señalada en alguna ocasión, toda vez que la identificación de Gerión con el Therón que citan textos tardíos (Macrobio, Sat., I, 20, 12) resulta improbable.

El registro arqueológico del Bronce Final.
Los datos arqueológicos del Bronce Final (1150-750 a. C.) apenas nos dejan conocer el carácter de la formación social tartésica. A este respecto, las estelas decoradas del SO han sido interpretadas de muy diversas maneras, dada su descontextualización arqueológica que, por otra parte, puede muy bien responder a un hecho originario. Se las ha clasificado según criterios tipológicos e iconográficos en un orden cronológico en el que las más antiguas serían las más sencillas, que aún no contienen representación alguna de la figura humana y se limitan a reproducir de una manera esquemática una panoplia formada por escudo, lanza y espada, mientras que las más recientes serían las “diademadas” con representación de la figura femenina, ocupando un momento entre ambas un tercer grupo en el que a la panoplia se añade la figura humana acompañada de otros objetos de “prestigio” como espejos de bronce, liras, peines de marfil o carros.

Su adscripción al mundo funerario, aunque antigua, no resulta clara y los estudios realizados muestran la inexistencia de un patrón iconográfico, lo que sugiere una ausencia de definición del prestigio que señala la falta de cohesión de las elites a las que supuestamente representan o incluso la inexistencia de tales elites al corresponder las estelas a un sistema de representación de rangos en una sociedad guerrera con ausencia de lazo directo entre poder y riqueza. Las diferencias que se observan entre las estelas extremeñas y las andaluzas son de índole cronológica, resultando más recientes las segundas, contemporáneas quizás de las primeras importaciones fenicias, y también de composición.

Iconográficamente las estelas del Guadalquivir, menores en número, son más complejas por lo que denotarían unas relaciones sociales en los que los mecanismos de interacción social se encontrarían más desarrollados con intercambios frecuentes y proliferación de bienes de prestigio. Con todo, también han aparecido algunas estelas en lugares muy alejados de su área de difusión, que coincide con el sur de Extremadura (valles del Tajo y Guadiana) y Andalucía occidental (Bajo Guadalquivir).

Han sido interpretadas como prueba de la existencia de una aristocracia guerrera interesada en el comercio con los fenicios. Desde otra perspectiva se las desvincula del contexto funerario a las que generalmente se las adscribe, considerándolas señales en el territorio, indicadores de rutas ganaderas y comerciales, trasmitiendo, mediante un lenguaje iconográfico y simbólico complejo, ideas de posesión territorial a la vez que expresarían relaciones sociales de grupos elitistas que se estarían consolidando en una zona periférica de Tartessos.

También se las ha considerado testimonio de la existencia de una práctica económica centrada en la caza del hombre, a partir de la reinterpretación de los ejemplares de Ategua y Zarza Capilla III, una actividad destinada a proporcionar fuerza de trabajo servil al proceso de extracción minera controlado por los fenicios, que se apoyaría por otra parte en la necesidad de trabajo masivo que se detecta en una explotación a gran escala de las minas durante el periodo orientalizante, así como en el propio hecho de que la aparición de monumentos con armas y cuerpos estaría denotando un cambio en el que aquellas, que ya no se limitarían a ser simples bienes de prestigio, y éstos encuentran un nuevo sentido económico que antes no tenían.

Los depósitos de objetos metálicos, muchos de ellos de tipología atlántica, se han considerado testimonios de un comercio interregional, abastecido muchas veces, como muestran los datos de la Ría de Huelva o del taller metalúrgico de la Peña Negra (Crevillente, Alicante) por medio de “chatarra", un rasgo que suele ser propio de contextos poco especializados. Llama la atención la ausencia en todos estos depósitos de útiles o herramientas, mientras que proliferan las armas, así como su localización en desembocaduras y vados de ríos u otros “lugares de paso", puntos de cruce, intersecciones de vías de comunicación que unen unas regiones con otras, lo que ha sido interpretado en conexión a un mundo funerario que no habría dejado otros vestigios de las prácticas mortuorias, o como ofrendas votivas que serían la expresión pública de los derechos sobre un punto estratégico para el acceso o la circulación en un territorio, en relación con el control de los intercambios a larga distancia convertidos en una fuente de poder.

También se ha sugerido una importante participación fenicia en todo este comercio de objetos de bronce. No obstante, la distribución de todos estos objetos no implica necesariamente un comercio interregional especializado de larga distancia. Por el contrario, puede ser el resultado de un intercambio de bienes de prestigio en el que se encuentren involucradas las propias unidades domésticas con ausencia de comerciantes especializados, o de acuerdo con una hipótesis expresada recientemente, testimonio, no de unas relaciones pacíficas, sino de la depredación económica cuyo objetivo sería la caza humana en los confines de Tartessos, lo que explicaría, al generar la destrucción generalizada de las redes de sustento de la población que no podía protegerse con los medios a su alcance, el despoblamiento y la ausencia de aldeas estables en el Valle del Guadalquivir así como la posterior aparición de asentamientos fortificados.

Unos cuantos tesoros, muestran la existencia de una orfebrería de oro realizada con técnicas simples en la que se fabrican torques macizos y brazaletes que por su tamaño se han considerado joyas femeninas. Al igual que los depósitos de armas han aparecido descontextualizados, formando conjuntos que se suponen “votivos” en zonas periféricas a Tartessos, como el sur de Portugal y Extremadura, y asociados a vados e importantes vías de paso. Se trata de objetos de prestigio, definitorios del papel de la mujer en unas comunidades en las que el prestigio social procede no tanto de la riqueza cuanto de las interacciones sociales y políticas (alianzas, matrimonios) que eran capaces de realizar.

De acuerdo con los datos disponibles armas y joyas han podido ser elaborados localmente, lo que normalmente se interpreta como prueba de la existencia de artesanos especializados trabajando para las elites. No obstante, especialidad no implica especialización, esto es: la práctica exclusiva, mediante una unidad de producción autónoma, de una actividad no vital que incluye la transferencia continua de subsistencia hacia esta unidad especializada. Los paralelos etnográficos invitan, por otra parte, a considerar la posibilidad de existencia de especialistas en un marco caracterizado por las relaciones entre linajes cuyas actividades productivas dependan de la agricultura y de la ganadería. Como afirma Meillassoux: “Cuando esto sucede -y por lo general ocurre sólo en parte- la subsistencia de la comunidad especializada está asegurada en el marco ampliado de los mecanismos de redistribución... Por este procedimiento se previenen los efectos inmediatos de la división social del trabajo, se preservan los mecanismos fundamentales de la comunidad doméstica, incluso si, en un determinado plazo, dichas transferencias actúan eventualmente sobre las condiciones sociales de la producción de las subsistencias”.

Como se ve, no es necesaria la apropiación del excedente ni la existencia de elites para que se de un trabajo especializado, al contrario de lo que suele constituir uno de los equívocos más frecuentes entre arqueólogos e historiadores, pese a que identificarlo automáticamente con un gran desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, como en el caso de la metalurgia, constituye un error hace tiempo señalado. Ello se debe, en gran parte, a la poca atención prestada a la resistencia de muchas sociedades basadas en el parentesco a la división social del trabajo y la explotación económica, mientras que se asume como lógico un impulso irresistible hacia las clases y el Estado.

Los asentamientos de este periodo son poblados de cabañas de planta oval o circular, con cerámicas a mano, herramientas de trabajo fabricadas en madera, piedra o hueso, sin ninguna distribución clara y especial de las mismas y con ausencia de diferenciación funcional del espacio. Los vestigios de una actividad metalúrgica poco especializada de la plata y el cobre conviven con muestras de otras actividades cotidianas, como la preparación y el consumo de alimentos, lo que sugiere la comunidad doméstica como centro de producción.

La única necrópolis (Las Cumbres, Puerto de Santa María, Cádiz) que conocemos pertenece a finales de este periodo y comienzos del siguiente. Presenta enterramientos de incineración en urna bajo túmulo que aprovechan las oquedades de suelo, se depositan directamente sobre la roca o en un pequeño hoyo practicado en el mismo. El túmulo 1, el único excavado hasta el momento, se extiende sobre una superficie circular de unos 500 m2, alcanzando, con una sección troncocónica, una altura máxima de 1,80 m en su parte central más alta. Alberga un total de 62 incineraciones y se estima que estuvo en uso entre ochenta y noventa años antes de ser definitivamente clausurado a finales del siglo VIII a.

El centro estaba ocupado por el ustrinum, diponiéndose los enterramientos en torno suyo. Los ajuares más ricos, que incluían objetos metálicos, como broches de cinturón de un sólo garfio, fíbulas de doble resorte y cuchillos de hierro afalcatados, corresponden a las tumbas más cercanas a éste, mientras que según nos alejamos del centro las tumbas presentan ajuares más pobres e incluso ausencia total de éstos. En algún momento se asocia al túmulo principal, en su lado S.O., una estructura tumular mucho más pequeña, un túmulo secundario cuyo centro lo ocupa una incineración rodeada de un muro circular de mampostería y que descansa sobre un suelo artificial de arena de playa. Este enterramiento destaca por su posición, su estructura más elaborada y su mayor ajuar de las trece restantes incineraciones del túmulo secundario que contienen, sin embargo, ajuares de cierta riqueza.

El registro arqueológico del orientalizante.
Durante el periodo orientalizante (750-550 a. C) una orfebrería muy distinta viene a sustituir a los tesoros del Broce Final. De entre los descubrimientos más espectaculares pertenecientes a este periodo, figuran dos importantes tesoros, muy diferentes entre si. El primero de ellos fue descubierto a comienzos de los años veinte en la Aliseda (Cáceres), pero hasta hace pocos años no ha sido objeto de una valoración adecuada. Se trata de joyas femeninas de oro -anillos, brazaletes, pendientes, collar, diadema y cinturón-de complicada manufactura fenicia realizada en la Península o importadas de Oriente, como la botella de vidrio que, con un cuenco de oro, un par de vasos y una fuente de plata y un espejo de bronce, completaban el hallazgo, relacionado con una tumba de cámara cubierta por un túmulo. Estas joyas orientalizantes son ligeras e intrincadas y están realizadas en pequeñas láminas con técnicas como el granulado, la filigrana y las soldaduras de oro.

Tesoros más pequeños de este tipo se han encontrado también en Cortijo de Evora (Cádiz), Serradilla (Cáceres) y Baiao (Portugal). El tesoro del Carambolo (Sevilla), el segundo en importancia de esta época, contenía por el contrario piezas de oro más pesadas, propias de un personaje masculino, -pectorales, brazaletes, diadema, cinturón y collar-y fue hallado asociado a las estructuras de un poblado, cuya excavación, dada la envergadura del descubrimiento, defraudó sin embargo las expectativas iniciales. (Aunque hoy, tras la excavación del santuario de El Carmbolo Alto, adquiere un nuevo significado).

En los poblados de este periodo se pueden constatar una serie de modificaciones en la técnica de construcción de las casas, ahora de planta cuadrada o rectangular, con muros enlucidos de mampuestos y tapial que se alzan sobre cimientos y zócalos de piedra. En ocasiones el suelo aparece cubierto con un pavimento de guijarros formando mosaicos. Desconocemos, debido a las pequeñas superficies excavadas, si estos cambios se corresponden a una nueva distribución del espacio en los asentamientos según una especialización de tareas y funciones, aunque en algunos lugares, siempre en relación con la presencia fenicia, como Tejada la Vieja y la propia Huelva parece que así es.

En otros, en cambio, como en Cerro Salomón o Quebrantahuesos, los vestigios de las actividades minero-metalúrgicas -martillos de granito, yunques de piedra, escorias, crisoles y toberas- se localizan en el interior mismo de las viviendas, sin que se aprecie una diferenciación funcional por zonas en el área del poblado. Algunos de estos poblados, en especial los que ocupan posiciones estratégicas de control del territorio, como la Mesa de Setefilla (Sevilla) o en las rutas que conducían desde los centros mineros a los puertos de la costa, como Tejada la Vieja (Huelva) se fortifican por aquel entonces. En algunas zonas de Sevilla y Córdoba los vestigios de nuevos habitats parecen guardar relación con una explotación agrícola de la campiña.

Contamos también con la presencia de un edificio “singular” o de “prestigio” en Montemolín (Marchena, Sevilla) que destaca por su dimensiones, 145 m2, y su localización, ocupando el lugar más elevado del asentamiento, y asociado a la presencia de contenedores cerámicos de grandes proporciones ¬pithoi- con decoración figurativa animal y vegetal, que el análisis de pastas ha revelado de manufactura local. Su planta rectangular, dividida en varias estancias, y la técnica constructiva con cimientos de piedra que soportan muros de adobes y mampuestos, es similar a la de las unidades domésticas características de éste periodo en las que muchas veces se ha querido ver la influencia fenicia.

Otra estructura que parece que no puede identificarse exclusivamente con el ámbito doméstico es el presunto “recinto ceremonial” de Carmona, en el que también se han querido ver influjos orientales. De finales del mismo periodo, son otros dos edificios singulares o de prestigio que ocupan, no obstante, una posición excéntrica respecto a Tartessos. El palacio/santuario de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz) de planta y construcción oriental y el “santuario” de Cástulo (Linares, Jaén) con paralelos en Chipre y Siria, a los que hay que añadir el recientemente excavado santuario de El Carmbolo Alto así como el de Coría del Río, ambos com planta y arquitectura oriental.

En cuanto a las necrópolis, los datos más interesantes proceden de Setefilla (Los Alcores, Sevilla) y de La Joya (Huelva). En Setefilla, los túmulos A y H, que se consideran del siglo VII a. C., contienen en el centro de su espacio interior cámaras funerarias de piedra de planta cuadrangular que fueron construidas sobre las necrópolis de incineración de base. Tales cámaras funerarias, de notables dimensiones -la del túmulo A mide 10 m de longitud por 5,50 m de anchura en forma de pirámide truncada que encierra una cámara interior de 3,50 por 2,20 m-albergaban inhumaciones individuales o dobles (túmulo H) en fosa con un rico ajuar metálico -jarros, páteras y quemaperfumes de bronce- además de objetos de oro y marfil y cerámicas fenicias de importación (platos y cuencos de barniz rojo). La construcción de estas cámaras parece haber destruido parcialmente la necrópolis de base sobre la que se levantan. En estos enterramientos de la necrópolis tumular de Setefilla, se aprecia también una estrecha relación entre la disposición espacial de las tumbas dentro del túmulo y la riqueza de los ajuares que contienen.

En el túmulo A, de 29 m de diámetro y con una altura que pudo alcanzar en su zona central los 3,50 m, las tumbas más ricas con objetos de plata, alabastrones, fíbulas y broches de cinturón, además de cerámica fenicia importada, son las que se hallan más cerca del centro. En posición semiperiférica se encuentran aquellas que no contienen objetos de importación y con escasos elementos metálicos. En la periferia del túmulo aparecen las tumbas más pobres, que contienen por lo general una urna exclusivamente. El análisis de los restos de las incineraciones y de los ajuares permite sostener que estas últimas pertenecen, por lo común, salvo algún individuo adulto, a jóvenes y neonatos. Las tumbas en posición semiperiférica corresponden a enterramientos masculinos, femeninos e infantiles indistinta¬mente, mientras las más cercanas al centro y de ajuares más ricos pertenecen a adultos jóvenes, con algún individuo de mayor edad, casi siempre varones.

Esta disposición se repite en el interior del túmulo B, de dimensiones más pequeñas (16, 70 m de diámetro y 1,30 de altura) y mejor conservado. Es algo más tardío y no tiene cámara funeraria central, aunque los ajuares son en general más ricos. Una rasgo significativo lo constituye la presencia de algunos enterramientos dobles, generalmente cerca del centro, que corresponden a adultos y niños. Casos excepcionales son la presencia de tumbas con ajuares ricos en la periferia del túmulo. En el túmulo A se ha documentado la de un adulto varón con un ajuar bastante rico formado por objetos y herramientas, toberas, lañas, etc, propias de un metalúrgico. En el túmulo B destaca por su posición periférica la sepultura relativamente rica de una niña de unos 6/8 años de edad.

En otras ocasiones, en las necrópolis de esta misma región, como sucede en Acebuchal o en Cañada de Ruiz Sánchez, los túmulos no encierran enterramientos colectivos, sino inhumaciones en fosa con ajuares muy ricos. En Acebuchal dos inhumaciones, al parecer una de ellas femenina, ocupaban una misma fosa de mampostería, cuyo ajuar metálico contenía objetos de plata (broche de cinturón, fíbula), y de oro (perlas, tisús) además del común repertorio de objetos de bronce y cerámicas fenicias.

El panorama en la costa es muy distinto. En la necrópolis de La Joya (Huelva) destaca la variedad de ritos (inhumación e incineración) y de tipologías funerarias (cámaras, fosas, hoyos) sin que existan dos enterramientos iguales. Según los excavadores se advierten los siguientes ritos y tipos de tumbas:

a. Incineraciones simples en las que los restos lavados tras la cremación se
depositan en la urna con escaso ajuar funerario.
b.Incineraciones en tumbas de dimensiones y formas varias acompañadas de
ajuar abundante y en ocasiones con las cenizas alrededor del vaso funerario.
c.Incineraciones in situ en tumbas de grandes dimensiones con rico y abundante
ajuar.
d.Inhumaciones en fosa acompañadas de rico ajuar funerario.
e.Inhumaciones en posición violenta con escaso ajuar funerario.
f.Incineraciones dobles..
g. Sepulturas dobles, que contienen una inhumación y una incineración.

Los ajuares más ricos se dan tanto en las tubas de inhumación como en las de incineración. Entre las primeras destaca la tumba 17, con dos ánforas de saco, dos platos de engobe rojo, tres platos de cerámica gris, quince cuencos a mano y un soporte, un jarro, un brasero, un quemaperfume, un espejo, un broche de cinturón y dos soportes de bronce, dos cuchillos de hierro, así como piezas de un carro de parada y bocados de caballo. Entre las segundas, la nº 18, que contenía dos platos de engobe rojo, dos ánforas de saco, cuatro copas de paredes finas y cuencos y grandes vasos a mano, así como placas de bronce caladas, un jarro y un brasero de bronce, restos de un probable escudo, un colgante de oro, un cuchillo de hierro y un huevo de avestruz. También destacan algunas inhumaciones en posición “violenta”, con el cráneo fracturado y con escaso o ningún ajuar. Algunas tumbas contenían escorias metálicas como elementos de ajuar y una descasaba sobre un suelo artificial de arena de playa.

Interpretación
Este tipo de enterramientos correspondería originariamente a un entorno social organizado en agrupaciones de parentesco (linajes o clanes) con desigualdades internas según los grupos de edades y sexo y una incipiente jerarquización interna de los mismos que sitúa al adulto varón de mayor edad al frente de la capacidad de reproducción de las unidades domésticas que los integran, mediante el control de los matrimonios y las alianzas representados por bienes de prestigio. A medida que se detectan la presencia de importaciones “orientalizantes”, básicamente cerámicas fenicias a torno (quemaperfumes y aríbalos de arcilla), algunas ramas colaterales de estas agrupaciones de parentesco parecen haberse distinguido por una mayor acumulación de este tipo de bienes, símbolo de la riqueza y prestigio conseguidos mediante las interacciones sociales y políticas.

A partir de los datos proporcionados por el registro arqueológico parece que durante el periodo orientalizante algunos personajes se alzan sobre las agrupaciones de parentesco, acumulando en su tumba más riqueza que la que contiene la suma de los ajuares de los restantes enterramientos del túmulo, y ocupando una posición central antes reservada al ustrinum, de claras connotaciones rituales. Estos personajes pueden haber constituido el centro de un sistema ceremonial/redistributivo controlado por ellos que antes era patrimonio de todo el linaje, o al menos del conjunto de los adultos varones.

La cámara cuadrangular y, sobre todo, la adopción del rito de inhumación que contrasta con las restantes incineraciones, puede interpretarse como un deseo por parte del ocupante de la tumba “principesca” de reforzar su recién adquirida posición social mediante una conexión directa con antepasados lejanos; como si fuera descendiente de unas elites que arqueológicamente podríamos asociar en la región a los vestigios en el Bronce Pleno de inhumaciones con ajuar guerrero. Esta opción tiene sin embargo en su contra un excesivo distanciamiento cronológico y el hecho de que apenas sabemos nada sobre las prácticas funerarias del Bronce Final, lo que se ha atribuido a un vacío de investigación que los recientes hallazgos de Mesas de Asta (Cádiz) tal vez puedan colmar en parte, o a un tipo de ritual funerario que apenas deja rastro.

En aquellos casos en que, como en Acebuchal o Cañada de Ruiz Sánchez, el túmulo contenía únicamente el enterramiento “principesco” podemos sospechar una separación inicial de los miembros de las incipientes elites de sus respectivos grupos de parentesco. El cualquier caso el proceso no debió de ser homogéneo, como revela la persistencia de incineraciones en algunos de los enterramientos más suntuosos, como ocurre también en Cañada de Ruiz Sánchez, Cástulo o La Joya.

En esta última necrópolis el proceso parece haber sido más rápido y distinto que en Setefilla, afectando a un mayor número de personas. La mezcla tipológica y funeraria sugiere una pronta disolución de los vínculos de parentesco y, al mismo tiempo, una ausencia de definición nítida de prestigio propia de un proceso rápido de acumulación de riqueza. Las personas enterradas en las tumbas “principescas” ostentan una posición social de privilegio que no tiene tanto que ver con el lugar que ocupan en sus linajes cuanto con la riqueza que les proporciona el comercio con los fenicios. De acuerdo con Heródoto esto era precisamente lo que legitimaba el poder de Argantonios, el Basileus que tiranizaba en Tartessos.

Nos queda por explicar como se produjo este proceso de acumulación, lo que no es una tarea fácil ya que careemos en muchos casos de datos fiables sobre las actividades productivas y las relaciones de producción, como consecuencia del tipo de investigación predominante durante muchos años. Aún así proponemos la siguiente hipótesis que deberá ser contrastada con investigaciones futuras.

El intercambio desigual con los colonizadores fenicios proporcionó el contexto en el que algunos jefes de los linajes más importantes pudieron movilizar trabajo ajeno con el fin de satisfacer la demanda fenicia de metales. De esta forma se apropiaron de riqueza en forma del trabajo extra de los demás. Este trabajo extra, o plustrabajo, en el que el predominio de la unidad doméstica como centro de producción sugiere una participación muy importante de las mujeres y los niños, no era realizado únicamente por los miembros de su propio linaje. La posición al frente de los sistemas ceremoniales y redistributivos resultaba muy eficaz para implicar a un número cada vez mayor de personas. Además, mediante el control de los matrimonios y las alianzas políticas se podía disponer del trabajo extra de los individuos de otras agrupaciones de parentesco. Las joyas femeninas, características del Bronce Final, sugieren que el traspaso de mujeres de los linajes más altos a los más bajos pudo ser utilizado como un medio para crear dependencia. La cercanía a los ancestros legitimaba las diferencias sociales. Como se ha dicho, el “festejo” de los ancestros crea y mantiene la distancia social.

Precisamente en relación con el parentesco y su manipulación como forma de adquirir riqueza y notoriedad, se ha resaltado recientemente el papel desempeñado por el control social sobre las mujeres y sus matrimonios, que posibilita el dominio de la producción y la reproducción social. En el periodo “orientalizante” la orfebrería femenina y las estelas diademadas podrían estar señalando en la misma dirección. Además, la práctica del regalo suntuoso, que explicaría la presencia de algunas importaciones orientalizantes en las tumbas más modestas, pudo servir para obtener contraprestaciones en forma de trabajo extra. Los regalos y contra regalos provocan exigencias en la producción. El traspaso de mujeres y la práctica del regalo pudieron ser utilizados para crear dependencia y lograr contraprestaciones laborales. Dicha dependencia difiere de la que caracteriza las relaciones en el seno de la comunidad doméstica, y por la cual las mujeres y los varones jóvenes se hallan sometidos al varón adulto que controla las subsistencias y la reproducción, en que incrementa con una aportación externa el trabajo disponible por la agrupación de parentesco.

Esta hipótesis puede coexistir perfectamente con otra recientemente expresada. Tal vez todas estas formas de movilizar trabajo ajeno no fueron suficientes ante la intensificación de la extracción de la plata durante el periodo orientalizante y algunos grupos de población en la región extremeña y al sur del Tajo, allí donde se distribuyen la estelas y aparece un orientalizante cuya riqueza no justifican los recursos locales, considerados principalmente la riqueza de sus tierras y su excelente ubicación geográfica de cara a un comercio interregional se especializaron en la caza humana, a fin de proporcionar mano de obra servil, sobre poblaciones de la Meseta que precisamente ahora abandonan el poblamiento en lugares accesibles para instalarse en cerros-testigos y castros fortificados.

La riqueza así conseguida era básicamente empleada en aumentar el número de interacciones sociales y políticas. El registro arqueológico sugiere una ausencia de centralización de los intercambios, lo que debió estimular la competencia de las agrupaciones de parentesco que involucraba a las unidades domésticas y explica la expansión del “orientalizante” percibida en lugares geográficamente alejados. Las pruebas arqueológicas de una organización no especializada del trabajo en los poblados minero-mertalúrgicos, incluidos los de actividad permanente como Cerro Salomón, sugieren que el modo de producción doméstico, lejos de desaparecer entre la población tartésica en favor de una economía más avanzada y diversificada, subsistió ampliamente aunque supeditado al sistema de intercambios y relaciones coloniales ahora dominante, y con un carácter ciertamente periférico. La extensión de este último, casi 1 km, y la evidencia de una tecnología de origen oriental, junto a algunos elementos constructivos de la misa procedencia, podrían, sin embargo, indicar como sugiere Moreno Arrastio, la presencia de formas de trabajo servil bajo control fenicio.

La relativa uniformidad de los ajuares de las tumbas “principescas” sugiere la existencia de relaciones muy estrechas de los miembros de las incipientes elites en relación probablemente con el control y el acceso a los recursos mineros y a las vías de comunicación con la costa, en donde se realizaba el comercio con los fenicios. El carácter ceremonial y redistribuidor en que se insertaría todo este flujo de esposas, regalos y contraprestaciones estaría señalado por sitios como el santuario de Cástulo, el edificio “singular” de Montemolín y el palacio/santuario de Cancho Roano. Así, la acumulación de riqueza y el prestigio de estas elites incipientes no descansaba sobre la propiedad de los medios de producción sino sobre la apropiación del trabajo ajeno. En los lugares donde el proceso fue más rápido e intenso, como en Huelva, la disolución de los vínculos de parentesco se produjo con mayor celeridad, como indicaría la presencia de incineraciones individuales muy pobres, que representan a los individuos que han quedado excluidos de la comunidad.

Rotos los vínculos de parentesco el propio poder económico de las elites sería utilizado coercitivamente para asegurar su preponderancia social y política. Pero este poder descansaba de forma predominante en la interacción económica y desigual con los colonizadores fenicios. Las relaciones de parentesco serán sustituidas por formas de dependencia clientelar, favorecidas por la disolución de la comunidad gentilicia y la exclusión de algunos de sus antiguos miembros de los medios de producción. Algo que sugieren algunas tumbas de La Joya, con ajuares aún ricos pero menos importantes que los de los enterramientos principescos y restos de armas, escudos (tumbas 9 y 18), espada de hierro y puntas de lanza (tumba nº 16), en claro contraste con las incineraciones más simples y las inhumaciones de “lapidados” en posición violenta, que probablemente representan a siervos.

El tipo de desigualdad social que genera las relaciones en el ámbito colonial con los fenicios difiere netamente de la incipiente jerarquización dentro de los linajes de finales de la Edad del Bronce. El intercambio desigual somete a la tensión de una nueva contradicción a la formación social autóctona. Esta contradicción no es otra que la que resulta del sometimiento del modo de producción doméstico por el modo de producción dominante colonial, en la que éste preserva a aquel para explotarle, como modo de organización social que produce valor en beneficio del colonialismo, pero al mismo tiempo lo destruye al ir privándole, mediante la explotación, de los medios que aseguran su reproducción9. El periodo “orientalizante” tartésico no fue otra cosa que esto.


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